
La fascinante colmena del conocimiento

El cerebro humano, un laberinto de misterios, impulsa la búsqueda constante de conocimiento. Esta "colmena" esencial para la supervivencia, nos conecta con la magia y la sabiduría del universo.
Por José Arturo Ealo Gaviria Todo lo que realizamos, cada reflexión se origina en el intrincado laberinto de la madeja del cerebro. La verdad, bien sea dicha, cómo funciona, sigue siendo uno de los grandes misterios sin resolver del ser humano. Parece ser que mientras más se indaga y explora sus secretos, se hallan más sorpresas. Se asemeja a una colonia de hormigas. Permanece en incansable actividad. Difunde conocimientos valiosos entre generaciones, constituye una "memoria" de la colonia. Es esencial para sobrevivir. Trabaja sin el alimento requerido. Sí. Todas las nociones más fantásticas suceden en "la colmena del cerebro humano", como lo expresara el poeta colombiano Enrique Álvarez Henao en su poema "La abeja". Ese amor y exquisito sabor por adquirir conocimiento es algo así como una adicción. Es un síntoma o una especie de síndrome que no hay una sola forma de aprender, sino infinidad de puertas para conquistar los sentidos. Lo que se aprende se divulga a través de muchas dimensiones, de diversas rutas. El amor por el conocimiento nos conlleva a ser dinámicos, únicos y creativos. Qué delicia servirnos de ese brebaje por conocer. Esa sal de conocimiento, da más ganas y hambre de aprender. Ese espacio del saber es una biblioteca donde el poder del tiempo lo rige un genio escondido y una transformación trascendental. Hasta parece escucharse el aria de ambiente o nueva era del compositor griego Vangelis o los ecos al estilo de esos cantos gregorianos. Se emplaza sobre la noción del tao en un campo de dualidad tornadiza del yin y el yang, hasta con un algo de rock progresivo. Solo el amor por el conocimiento encuentra vínculos y relaciones entre muchos temas. Se tiene el azar de uno trasladarse por el engranaje y mecanismo de un reloj "ad infinitum". Esa emoción o amor por el conocimiento evoca una red interconectada. Si cada célula de nuestro cuerpo es gobernada por las mismas leyes del universo, entonces hay un propósito más profundo e incomprensible que el simple hecho de existir. Hemos venido a maravillarnos y a contarnos entre todos cuán poderoso es ser protagonistas de esas maravillas. El amor por el conocimiento es ese transitar por lo desconocido para volver a casa, al encuentro con el yo. Los números y la música tienen muchísima más conexión de lo que nos imaginamos. Se llega a un alcance del nivel máximo de magia y sabiduría. Atrae el conocimiento. Sin mentir, es un viaje maravilloso a través del Universo.