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Opinión

La esperanza tiene nombre: ¡María Corina!

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
11 de octubre de 2025

Las mujeres que lideran con coraje no solo transforman naciones, inspiran generaciones.

Siempre he creído en el poder de una mujer que lidera. En esa capacidad única de resistir cuando todo se derrumba, de contagiar esperanza cuando la opción más fácil es rendirse, de transformar incluso el miedo en fuerza. Esa resiliencia que no es solo aguantar, sino seguir construyendo en medio de las ruinas. Hoy, mientras el mundo anuncia que María Corina Machado ganó el Premio Nobel de la Paz, ella encarna exactamente eso: escondida en algún lugar de Venezuela, sin poder salir a la calle sin arriesgar su vida. Y aun así, no se ha ido. Y aun así, mantiene viva la llama de la democracia, hoy y en la historia. Ella ha logrado lo que parecía imposible: unir una oposición que estaba fragmentada, dividida, desmoralizada. En un país donde las diferencias políticas parecían haber marcado el orden del día. Y eso, en medio del autoritarismo, es un acto revolucionario. Porque resistir no es solo aguantar. Es mantener viva la llama de la esperanza, es conservar la convicción y la entereza cuando han pretendido arrebatarte todo, silenciar tu voz y ponerle precio a tu vida. Es tan inspirador lo que ha hecho esta mujer, que solo puedo decir gracias María Corina. Y es que hay algo que el patriarcado y en particular los regímenes autoritarios entienden muy bien: el liderazgo femenino es doblemente peligroso. No solo desafía el poder político, desafía la estructura machista y los antivalores que la sostienen: la violencia como forma de gobierno, el miedo como herramienta de control, la mentira como política de Estado, la corrupción como sistema, y el cinismo de elevar a posiciones de poder a quienes encarnan precisamente lo que una sociedad digna rechazaría. Por eso la persecución hacia ella lleva un tinte de odio visceral. Que gran mensaje detrás de todo esto, uno que necesitamos repetir hasta que cale hondo: las mujeres no solo pueden, no solo tienen la capacidad, tienen también la fuerza y la determinación para dirigir con éxito. María Corina Machado es la prueba viviente de que cuando una mujer decide plantar su bandera y decir “hasta aquí”, el mundo tiembla. El Comité Nobel la reconoce hoy, pero resistir no puede ser solo cosa de ella. Tiene que ser también nuestra responsabilidad: no mirar para otro lado, no normalizar que un país entero sea rehén mientras el mundo hace declaraciones tibias. No permitir que su valentía se convierta en una historia que admiramos pero no acompañamos. Porque al final, resistir es creer que el día de la libertad va a llegar. Es sostener esa convicción incluso cuando el camino parezca interminable. Es recordar que cada acto de resistencia, por pequeño que sea, es un paso hacia ese futuro donde Venezuela será libre. Y cuando llegue ese día, ella estará allí para verlo.