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Opinión

La esclavitud

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
28 de enero de 2024

La esclavitud, arraigada en la historia, no solo implica limitaciones físicas. Este artículo explora una forma de esclavitud interna: la de los vicios y pecados, que nos privan de la verdadera libertad.

Por Selma Samur de Heenan Muchas épocas en la historia de la humanidad se han visto caracterizadas por el fenómeno socio cultural de la esclavitud. Y, tal vez por ello, se ha prefigurado que su existencia implica la limitación de la movilidad o la coartación de la libertad para hacer un desplazamiento físicamente. Se entiende, entonces, que un esclavo no puede obrar según su voluntad ni mucho menos ir a donde le plazca, porque tiene que seguir las órdenes de su amo, que es quien decide por él, no solo lo que tiene que hacer, sino también cuándo, cómo y dónde. Ahora me referiré a otro tipo de esclavitud que igualmente nos condiciona quitándonos la libertad de vivir en paz y con gozo, aun en medio de cualquier tribulación. Cuando llevamos en nuestra conciencia la carga de los vicios o pecados, estos nos pesan tanto que nos impiden hacer las cosas que agradan a Dios, y, de una u otra forma, nos obligan, como a un esclavo, a conducirnos por la vida, atados y enceguecidos, en medio de angustias, desolaciones, amarguras, odios, rencores, miedos y sufrimientos. En ocasiones iniciamos un acercamiento a Dios con el que sentimos destellos de esperanza y libertad, los que lamentablemente se desvanecen porque continuamos cargando con los pecados, dándoles el poder de mantenernos sometidos a su ruina y de hacernos sentir incapaces para tomar las sabias decisiones que pueden abrir las rejas que nos aprisionan y enferman. Recordemos que, cuando Moisés liberó al pueblo de Israel del yugo del faraón, ese mismo pueblo, al sentirse libre comenzó a renegar porque prefería ser esclavo, para conservar la comida y placeres que antes podía obtener en Egipto. Llegaron al extremo de preferir haber muerto, pero sentados junto a las ollas de carne, cuando comían pan hasta hartarse, que estar junto a Dios en el desierto pasando de su mano cada prueba o dificultad que se les presentaba, pero que implicaba un acercamiento a la tierra prometida. Pensemos cuál es ese Egipto que nos tiene prisioneros, y de qué manera Dios ha querido ofrecernos la libertad de vivir como sus verdaderos hijos. Olvidémonos de pensar que el pecado o los vicios valen la pena y que son la mejor opción de vida por las gratificaciones fugaces en que nos envuelven. Eso es falso porque la paga del pecado siempre será la muerte espiritual, por muy bonita que se disfrace. Juan 8, 34 "Jesús les contestó: «En verdad, en verdad les digo: el que vive en el pecado es esclavo del pecado »".