
La elección dejó una pregunta incómoda para Montería

Córdoba y Montería vivieron una elección en medio de una circunstancia difícil. Después de la calamidad que atravesamos hace pocas semanas, muchos pensaron que algo iba a cambiar en la forma en que votamos. Que el golpe de realidad iba a mover conciencias, a sacudir inercias. Pero al final ocurrió algo que tampoco sorprende: cambiaron algunas caras, pasaron cosas nuevas, pero en el fondo la dinámica sigue siendo la misma.
Volvió a ganar la mecánica política de siempre. Esa misma de la que muchos se quejan, pero que al final muchos terminan votando y legitimando. Con el paso del tiempo se volvió una institución informal que rige el comportamiento político en Montería y en Córdoba desde hace décadas. Con una excepción importante: Montería. La ciudad sigue demostrando que aquí existe algo distinto. El voto de opinión, el voto silencioso y el voto castigo siguen teniendo peso. Para la muestra un botón: a varios aspirantes no les salió en la ciudad la votación que esperaban. Eso demuestra algo que cada vez se oye con más fuerza en la calle: Montería necesita nuevos liderazgos y lo pide a gritos, incluso en medio de la necesidad. Pero también hay que decirlo sin rodeos: la política del intercambio, de la mercancía y de la transacción sigue reinando. Y muchas veces no es simplemente porque la gente quiera. En esta ciudad y este departamento, con frecuencia no te dejan otra opción si quieres participar. Los partidos no siempre presentan alternativas distintas por las cuales decidir, y ese también es parte del problema. Sería fácil culpar únicamente a los políticos. Y claro que ellos ayudaron a construir este sistema. Pero hoy también es un problema colectivo. Lo escucho con frecuencia en cualquier barrio: “si no me pagan, no voto”. Como si votar se hubiera convertido en un servicio que solo se presta si hay una compensación. Y detrás de eso también hay una realidad social dura. Cuando una persona apenas tiene con qué comer ese día o alimentar a sus hijos, es difícil pedirle que piense en el futuro de una ciudad votando por alguien que no le representa ni le ayuda a resolver lo más básico. En ese momento se vota con el estómago, no con la cabeza. Mi papel aquí no es ser juez moral ni autoridad ética. Eso no cambia nada. Lo que sí puede cambiar algo es hablar de esto con franqueza. Porque si Montería necesita hablar seriamente de su futuro, también necesita hablar seriamente de su cultura política. Cambiarla no será fácil. Probablemente solo será posible con un cambio de generación política: liderazgos nuevos, reformadores, jóvenes pero no ingenuos, con preparación y con el carácter suficiente para resistir la presión del sistema mientras construyen algo distinto. Liderazgos capaces de sacrificar capital político si es necesario para demostrar que votar diferente puede valer más que un billete de cien mil pesos. Es un trabajo lento, pero alguien tiene que empezarlo. Ahora bien, a quienes fueron elegidos solo les pido algo desde esta tribuna: hagan su trabajo. Gestionan proyectos para Montería y Córdoba, ayudan al alcalde y al gobernador, y se aseguran de que los recursos lleguen sin perderse en el camino. Apoyen las reformas que beneficien a la gente y ejerzan control político implacable frente a los malos manejos. Y, además, conviértanse en defensores firmes de más autonomía para estos territorios, de más recursos y de un modelo de desarrollo que nos permita ser cada vez más autosostenibles. Representen a la gente que hoy más lo necesita. Así de simple. También quiero reconocer a quienes participaron y no lo lograron. Solo intentarlo ya es un acto de valentía. Las derrotas hacen parte del camino. Yo lo sé por experiencia. Sin derrotas no hay victorias. Y finalmente, mi reconocimiento a los sectores alternativos que lograron abrir espacio en Montería. Los más de 55 mil votos del Pacto Histórico en la ciudad muestran que hay gente buscando algo distinto. También el resultado de partidos nuevos como Salvación Nacional demuestra que hay un electorado emergente que quiere nuevas opciones. Eso, en el fondo, es una señal de esperanza. Porque Montería tiene que discutir hacia dónde va la ciudad, qué modelo de desarrollo quiere y qué liderazgo necesita para construirlo. Y esa conversación apenas está comenzando.