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Opinión

La droga no respeta pinta

Arianna Córdoba Díaz
Arianna Córdoba Díaz
Columnista
8 de septiembre de 2023

"La Paisita", docente y políglota, murió atropellada en Montería tras años de adicción. Su trágico final evidencia cómo las drogas destruyen vidas, un llamado a rechazar su consumo.

Por Arianna Cordoba Díaz Le llamaban "la Paisita" era profesional en docencia y dominaba cuatro idiomas; esas condiciones profesionales bien podrían garantizarle un trabajo estable y bien remunerado. Murió atropellada al desvanecerse la madrugada en una concurrida vía de Montería. Al momento de su deceso no laboraba en ningún plantel educativo, ni enseñaba idiomas por su cuenta; pues era reconocida como "habitante en condición de calle" y se la pasaba deambulando como cuerpo sin alma por la ciudad a expensas de la caridad. Llegó a esta condición, la de "habitante de calle" tras caer en los tentadores pero tenebrosos brazos de la droga, que la sometieron con fuerza y nunca, nunca más, la soltaron. Triste final para una persona con un futuro prometedor pero absolutamente desperdiciado por el consumo de alucinógenos. No es este el primero ni será el último caso que evidencia cómo este flagelo destruye la vida de los adictos y de paso, a sus familias, pero vale la pena reseñarlo, para que quede claro una vez más, que la drogadicción genera desde toda perspectiva muerte y dolor. Muy seguramente Susana Molina, nombre de "la Paisita" en su sano juicio nunca hubiera querido tener una muerte así y tampoco llevar la vida que llevaba, alejada de la familia que la amaba y le rogaba para internarla a un centro de rehabilitación al que al parecer siempre esquivó. Muy seguramente cuando ella comenzó en el mundo de la droga, pensó que era capaz de controlar la adicción y que nada malo podría pasarle si sabía en qué momento detener el consumo. Pero no, no fue así, ella y centenares o miles de personas alrededor del mundo una vez inician en el mundo de las drogas son incapaces de ponerle freno a la adicción y por el contrario, se dejan seducir por alucinógenos cada vez más fuertes pero devastadores que terminan arrastrándolos a la muerte o convirtiéndolos en parias, no importa que sean ricos, pobres, que hayan o no estudiado, que tengan o no familia, las garras de los estupefacientes no respetan pinta, ni estrato, van acabando con todo. Y aún, conociendo estas situaciones, todavía hay quienes consideran que legalizar, por ejemplo, el uso recreativo de la mariguana, sería beneficioso para el país; -aparte de los que se ufanan de fumar este hierbajo- sin tener en cuenta que darle el visto bueno a esto, podría abrir la ventana a drogas más duras y doblemente perjudiciales. Por esto, aunque suene anticuado, desde esta perspectiva, lo mejor es decirle NO a las drogas. *Jefe de Programa de Comunicación Social – Unisinú