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Opinión

La dignidad humana, por encima de la política

Carlos Andrés Rodríguez Momth
Carlos Andrés Rodríguez Momth
Columnista
16 de junio de 2026

Hemos aprendido a debatir gritando. Quizás sea hora de aprender a debatir respetando. No son lo mismo.

Hay momentos en que la política se parece más a una pelea de barrio que a un debate de ideas. Los insultos vuelan, la descalificación se viste de argumento y el adversario deja de ser una persona para convertirse en un enemigo a destruir. Cuando eso pasa, algo esencial se rompe. Y lo que se rompe no es solo el debate: es el tejido mismo de la convivencia democrática. La dignidad de una persona no la otorga el partido en que milita, ni la borra el error que cometió. Es algo anterior a todo eso. Kant lo dijo hace más de dos siglos: ningún ser humano puede ser tratado como un simple medio para un fin. La Corte Constitucional lo recogió en la Sentencia T-881 de 2002 cuando estableció que la dignidad no es una concesión del Estado, sino una condición previa a él. No es filosofía de salón: es el fundamento que debería ordenar cualquier conversación pública. Se puede discrepar con fuerza. Se puede defender una posición hasta las últimas consecuencias. Pero hay una línea que no se cruza: la que separa el debate de la humillación. Hemos normalizado cruzarla todos los días, casi sin darnos cuenta. El insulto se presenta como sinceridad. La burla, como valentía. Y entre tanto ruido, los problemas reales —la pobreza, el abandono, la desigualdad— quedan esperando. Esos problemas, por cierto, no distinguen entre banderas políticas. Un niño que no come no le pregunta a nadie por quién votó su alcalde. Una familia que no tiene agua potable no entiende de trincheras partidistas. Amartya Sen tenía razón cuando insistía en que la justicia no es una construcción teórica: se mide en la vida real de quienes padecen. Ignorar eso no es un descuido. Es una traición. La tecnología avanza a una velocidad que asusta. La inteligencia artificial ya toma decisiones que antes tomaban personas. En ese contexto, la pregunta no es solo qué tan eficientes somos, sino qué tan humanos seguimos siendo. Cada política pública, cada decreto, cada presupuesto aprobado tiene nombre y apellido del otro lado. Tiene una abuela que espera una cita médica, un joven que busca trabajo, una madre que quiere que su vereda tenga carretera. La política tiene que sentir ese peso. Si no lo siente, no es política: es burocracia con poder. El adversario de hoy puede ser el aliado que necesitamos mañana para resolver lo que no hemos podido solos. Esa idea, que parece obvia, es en realidad revolucionaria en el ambiente crispado que vivimos. Construir desde la dignidad no es ingenuidad. Es la única apuesta que tiene futuro. La dignidad no debilita a un líder. Lo define. Y es el único legado que permanece cuando los votos, los cargos y los titulares ya se olvidaron. «Escuchar al adversario no es darle la razón. Es reconocer que también tiene historia, contexto y humanidad.» — C.R.M.