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Opinión

La danza incesante e invisible

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
1 de diciembre de 2025

El tiempo, ese viejo prestidigitador con manos de aire, se nos escurre entre los dedos como arena de un reloj sin fondo. Habitamos una era de vértigo, donde los minutos no caminan, sino que levitan, impulsados por una prisa que no pide permiso, solo exige paso. Esta vida, que llamamos moderna, es una coreografía incesante sobre un suelo que tiembla con la vibración de las notificaciones y los mensajes que llegan antes de haber sido pensados.

Observa a la gente en las esquinas. No miran el cielo por si llueve, sino las pantallas que les dictan si el sol es real o una simulación. Las nubes a veces adoptan la forma de un correo urgente, y los semáforos cambian de color al ritmo de una agenda que ya no es nuestra, sino de la red que nos respira en la nuca. Hemos olvidado el arte de la espera, esa pausa donde germinaban las ideas y los sueños. Ahora todo es instantáneo, efímero. Las neveras se llenan con alimentos que caducan al tercer día, y las relaciones con promesas que se desvanecen con la primera actualización de estado. La realidad se ha vuelto líquida, se adapta a cualquier recipiente que le ofrezcamos, ya sea una pantalla curva o el interior de un automóvil que se conduce solo hacia un destino que hemos olvidado elegir. Los espejos nos devuelven imágenes de seres con ojeras que parecen mapas de carreteras interestelares, cansadas de viajar sin moverse del sitio. Es una locura, sí, pero de esas que se aceptan con la elegancia de quien recibe una misiva sin remitente. Nos hemos acostumbrado a dialogar con sombras y a creer que la distancia es solo una ilusión óptica. El problema no es el tiempo que se va, sino el espacio que nos roba. Nos quedamos sin aire en los pulmones por respirar el éter digital, y sin tierra en los zapatos por caminar sobre cables invisibles. Quizás, la salvación resida en el acto de cerrar los ojos y escuchar el silencio. En dejar que un colibrí se pose en nuestra ventana y exprese, con su aleteo, el único ritmo que sí importa: la vida que se siente. Solo así podremos recuperar el pulso de lo eterno, antes de que la danza puntual nos consuma por completo. El reloj sigue latiendo, invisible, pero su tic-tac no es el dueño de nuestra eternidad.