
La confianza y el abandono

La fe plena implica abandono a la voluntad divina. El sacerdote Dolindo Ruotolo enseñó la espiritualidad de la entrega. Una novena ayuda a confiar y dejar el control, venciendo temores.
Por: Selma Samur de Heenan La más completa demostración de Fe es el abandono a la voluntad de Dios, confiando plenamente en que estamos en sus benditas manos, y en que ÉL siempre quiere lo mejor para nosotros. Pero, aunque suena fácil no lo es, porque conlleva la necesidad de dejar a un lado nuestros apegos, ataduras, ideas preconcebidas como verdaderas según la corriente del mundo, y de aquellos criterios humanos arraigados en nuestra vida. Todo lo anterior hace que, confiar y abandonarnos al divino querer, sea una de las pruebas que mayor dificultad nos cuesta afrontar y vencer. En Nápoles, Italia, vivió el siervo de Dios y sacerdote Dolindo Francisco José Ruotolo. Su vida se caracterizó por la defensa de la espiritualidad de la entrega, que consiste en ceder nuestro control sobre las cosas o acontecimientos y en renunciar a nuestros derechos, planes o sueños para poner todo ante Dios, a quien le decimos que haga su voluntad y no la propia. En resumen, es llevar a la práctica la oración del Padre Nuestro, esa misma que la mayoría de los cristianos conocen y repiten sin entender el verdadero sentido de cada palabra o frase. Dentro de los carismas que recibió Don D. Ruotolo, estuvo el de hablar con Jesús de una manera mística y real, al punto de que nuestro Señor por medio de su siervo, nos dejó una novena como gran legado para permitirnos acercarnos a la confianza y al abandono que ÉL espera de nosotros. Haciendo esta novena, podemos reflexionar en la importantica de despojarnos de los temores por el futuro, de la necesidad de controlar los sucesos del diario vivir, de la terquedad a la hora de mirar las cosas desde una óptica diferente a la que nuestros sentidos entienden o reconocen. Nuestra desconfianza es comparable a la del enfermo que va donde el médico para sugerirle el diagnóstico y tratamiento que debe recomendarle. Así mismo, hacemos al orar. Le decimos a Dios lo que necesitamos que haga para resolver nuestros problemas, y cuando su respuesta dista de lo pretendido, caemos en el error de pensar que no fuimos escuchados o peor aún, que se equivocó. Cambiemos esa actitud incrédula y desafiante. Más bien, digámosle como Él lo recomendó: “Jesús, yo me rindo a ti, me abandono en ti, ocúpate de todo.”