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Opinión

La claridad con la que despertamos hoy

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
6 de abril de 2026

El desierto no era el final, sino la forja donde la sed aprendió a cantar. Esta certeza, que hoy se asienta en el espíritu con la solidez del granito, es el residuo glorioso de una sombra que finalmente ha cedido. El velo se ha rasgado, no con el estrépito de lo que se rompe, sino con la naturalidad de lo que madura y se desprende para revelar la médula de las cosas.

El aire, que ayer se sentía denso como el plomo de los naufragios, reclama ahora el sabor del cristal recién lavado. Es una sensación que se instala en la raíz de los dientes y en el envés de los párpados: un frío que no castiga, sino que poda lo muerto con la precisión de un cirujano celeste. Atrás queda el polvo de los caminos transitados en círculos, esa ceniza rancia de las renuncias y la fatiga que se adhería a la piel, una túnica de esparto, pesada de historia y de herrumbre. El tiempo, al fin, se ha lavado en una tina de silencio para emerger blanco, atemporal y aterradoramente puro. ​Sintamos el filo dulce de este aire nuevo; esa caricia de acero y miel que restituye el derecho a la respiración. Lo que nos ocupa hoy es la claridad con la que despertamos hoy. Es la luz recuperando su nombre tras un largo exilio; un amanecer que no se limita a golpear los cristales del mundo exterior, sino que abre de par en par los cerrojos de los huesos, allí donde el hombre suele esconder sus derrotas más íntimas. ​Despertamos con una transparencia que es potencia pura: la de quien no tiene nada que ocultar porque el fuego del proceso lo ha transmutado en luz. El mundo se nos presenta como una página de mármol en blanco, una plenitud de presencia. Debemos comprender que esta claridad es el fruto de haber atravesado la sombra sin soltar el hilo de la esperanza. ​Ahora, el pulso ya no cuenta horas, sino que mide intensidades. Nos movemos con la ligereza de quienes estrenan ojos, contemplando el mismo mundo de siempre, pero con una mirada libre del inventario de sus culpas. La espera ha muerto y nos encontramos habitando el primer día de la eternidad. El alma, por fin, ha olvidado que se arrastraba para aprender, de nuevo y para siempre, a ser el horizonte donde lo humano y lo divino se reconocen y se abrazan.