
La ciudad de la alegría

El autor recuerda su llegada a Barranquilla a los 16 años, un viaje premiado que lo enamoró. Entre fiestas, música y el espíritu de la ciudad, descubrió su pasión por la crónica.
Por Ensuncho De La Bárcena: Llegué a Barranquilla cuando tenía 16 años. Fue un premio de mis viejos por el excelente resultado en las pruebas del Icfes. Era diciembre, el mundo olía a papel regalo y los destellos de color de las bombillas de aquella víspera de la Inmaculada conquistaron mi corazón adolescente. Me hospedé en Boston, en la casa de mis primos Bárcena Jarava. Mi primera fiesta quillera fue una verbena del sur a la que me dejé llevar por un primo de mis primos. Tomamos el bus en Olaya Herrera y el sonido bestial de los parlantes me hizo sentir en un picó sobre ruedas. Sonaba "El negro y Ray", de Barreto por supuesto. Eran los días de los pantalones bombacho de rayas, las camisas anchas de un solo tono y los mocasines sin medias. No recuerdo bien el barrio, pero tengo la sensación de que esa noche en la brisa de la ciudad sonaba lo mismo. Las chicas de la fiesta nos sonreían entre rubores, vestidos volantones y copetes de burlón extraterrestre. En aquel tiempo mi hermano Leonardo aún estudiaba Medicina en La Metropolitana y vivía con mis primos. Recuerdo que el domingo me llevó a conocer El Metropolitano y la música de tambora en la tribuna me divirtió tanto que la melodía navideña combinada con loas fálicas al Junior todavía me saca sonrisas solitarias. Durante muchos años conservé un casete grabado en la radio de esas vacaciones en las que hubo de todo: salsa, merengue, millo, gaita, porro y hasta una canción de Soda Stereo: "Sé que estarás cruzando la ruta de la libertad…". Cierro los ojos y renace la felicidad que me contagió aquella estancia. Varios años después volví a La Arenosa, para estudiar Comunicación en la Norte. Conocí los cuentos y la leyenda de Álvaro Cepeda Samudio. Asistí a la inauguración de la sede Boston de la Cinemateca del Caribe y me sentí en casa mientras trenzaba sueños bajo las ramas de los robles florecidos del viejo Prado. Aquel combo del Nene con Gabo y Obregón me parecía sobrenatural. Eran los días de esplendor de Ernesto McCausland, a quien admiraba por su célebre "Mundo Costeño". Al Carnaval lo veía de lejos, como algo invasivo, ruidoso y repetitivo. Casi que le huía: eran mis furiosos años 20 y todo lo quería trastocar. Pero "La langosta azul" y "Un carnaval para toda la vida" me encendieron. Después de otro exilio regresé a Curramba. A bordo de un bus, Illán Bacca me recomendó escribir crónica. Y me fui carnavalizando con esta delirante ciudad que todo lo vuelve fiesta. Incluso estas licenciosas palabras.