
La ciencia no es una opinión, nos mantiene vivos

En tiempos donde cualquiera con un celular y carisma puede convertirse en referente de salud, conviene recordar que la biología no negocia con creencias. La evidencia científica no es solo discurso, es la única herramienta que ha demostrado, consistentemente, salvar vidas.
Durante la mayor parte de la historia humana, desde las cavernas hasta bien entrado el siglo XIX, la expectativa de vida al nacer rondaba, en promedio, los 30–35 años. No porque la gente "envejeciera" más rápido, sino porque la mortalidad infantil, las infecciones y las condiciones insalubres arrasaban con la población. Con la llegada de medidas básicas de salud pública (agua potable, alcantarillado, higiene) y cierto ordenamiento territorial, esa expectativa aumentó, pero de forma modesta, unos pocos años adicionales hacia finales del siglo XIX. En esa época no existían los ultraprocesados, la dieta era orgánica por defecto, se hacía más actividad física y, aun así, la gente moría joven. La verdadera inflexión ocurre en el siglo XX, cuando la ciencia introdujo vacunas, antibióticos, anestesia segura, transfusiones, control prenatal, cirugía moderna y sistemas de salud estructurados. Es ahí cuando la expectativa de vida se dispara hasta los 70–80 años que hoy damos por sentados. En pleno 2026, vivimos una paradoja grotesca: mientras disfrutamos los beneficios de más de un siglo de avances científicos, proliferan reels que niegan esos aprendizajes. Hay quienes aseguran que el agua "no hidrata", que es mejor beber agua de mar; que exponer el ano al sol tiene propiedades terapéuticas; que ingerir la placenta aporta beneficios milagrosos; que la Tierra es plana; que las vacunas causan autismo o forman parte de una conspiración global. Esas afirmaciones no son inocuas. Beber agua de mar puede llevar a deshidratación severa. Rechazar vacunas reabre la puerta a enfermedades que ya estaban controladas. Sustituir tratamientos médicos por rituales virales retrasa diagnósticos y aumenta la mortalidad. La diferencia entre un consejo basado en evidencia y un TikTok ocurrente es la diferencia entre vivir y morir, entre prevenir y lamentar. El lema del Día Mundial de la Salud, celebrado ayer 7 de abril, "Juntos por la ciencia", es una línea divisoria. La ciencia no es perfecta, pero es autocorrectiva, acumulativa y verificable. Se equivoca, sí, y se corrige con datos, no con opiniones. Ese proceso es el que ha permitido erradicar enfermedades, reducir la mortalidad materna, aumentar la supervivencia infantil y extender la vida humana como nunca. La ciencia exige esfuerzo: leer, contrastar, entender incertidumbres. La charlatanería, en cambio, ofrece respuestas simples, rápidas y emocionalmente atractivas. No se trata de "creer" en la ciencia, es que es el único método que ha demostrado funcionar. Todo lo demás, por más popular que sea en redes, es basura. En salud, el costo de equivocarse es un paciente que no llega a tiempo, un niño que no se vacuna, una familia que paga las consecuencias. Puedes tener opiniones sobre nutrición, terapias o estilos de vida, pero la fisiología humana no tiene opiniones sobre ti. La evidencia científica importa porque, literalmente, es lo que separa a la humanidad de volver a vivir (y morir) como en las cavernas.