
La censura nos acecha, otra vez…

En “Vivir para contarla”, la novela autobiográfica de Gabriel García Márquez, el Nobel narra el curioso episodio con un censor de prensa. Corrían en Colombia los tiempos de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla y Gabo se desempeñaba como periodista en un diario, adonde llegó —como a los demás medios del país— un militar delegado por el régimen que se encargaba de revisar y aprobar, o no, las noticias que iban a publicarse.
Si al censor no le parecía adecuada una información o no la comprendía, la tachaba y no era publicada. Este personaje no tenía formación en comunicaciones ni nada por el estilo; se limitaba a decidir qué iba y qué no, basado quizás solo en su gusto e intuición. Esa situación era, a todas luces, censura a la prensa instaurada durante la dictadura. La misma incluyó decisiones drásticas, como el cierre o la suspensión —temporal o definitiva— de medios de comunicación y la confiscación de ediciones completas cuando se publicaban noticias que no eran del agrado del régimen. Por eso, porque en Colombia ya hemos recorrido el camino de la censura, se percibe con recelo y sospecha la circular de la Comisión Reguladora de Comunicaciones (CRC), que insta a los medios colombianos a que, en un plazo de diez días, le den cuenta —entre otras cosas— de cuáles son las políticas internas, directrices o prácticas que aplican para garantizar que la información sea imparcial, objetiva y veraz. También pide que se describa cómo se eligen los contenidos informativos y noticiosos que se emiten o publican. Además, solicita que se indique cómo se seleccionan los temas, fuentes y enfoques; y, como si fuera poco, pide hasta las actas o soportes de los consejos de redacción. Lógicamente, los medios de comunicación han puesto el grito en el cielo, pues a simple vista esto huele a perfilamiento, restricción y atentado contra la libertad de prensa. A esas voces de rechazo se han sumado la Defensora del Pueblo, Iris Marín, y el Procurador Gregorio Eljach, quienes tampoco ven con buenos ojos esta descabellada —y hasta cierto punto peligrosa— petición del organismo. ¿Por qué, en vez de perseguir a los medios, no emplean recursos y esfuerzos en desmantelar las bodegas digitales que, bajo la sombra del anonimato, injurian, calumnian y promueven el caos? ¿Por qué no van tras los generadores de noticias falsas que crean pánico y enlodan reputaciones? La censura, directa o disfrazada, nunca ha sido camino para una democracia sólida