
La batalla es cultural

Ya ganamos en las urnas, ahora nos toca en los medios, las redes y las aulas.
Debemos deconstruir esa narrativa extorsionista, desesperanzada y victimista, con la ayuda de tres instrumentos que están sonando desafinados y necesitamos volver a poner en clave: el Arte, la Cultura y la Educación. Dicen que no son socialistas ni comunistas, mucho menos que están del lado de las guerrillas criminales que nos condenan al fracaso, pero por algo se adueñaron de las banderas del narcotráfico. Quieren legalizar el consumo de narcóticos y son enemigos de la extradición porque los mueve una razón oculta: muchos son adictos. No solo a las drogas y a los caprichos de la carne, sino, ¿quién lo creyera?, al poder. Muchos son ateos, paganos o enemigos de la cristiandad. Prefieren la vida de un animal a la de un niño en formación. Actúan bajo la fachada de la libertad de cultos, pero en el fondo son anticristianos. Desde hace un siglo usan las estrategias de la macabra secta marxista-leninista: 1. La mentira (moral subordinada a los intereses del odio de clases). 2. La deshonestidad y el juego sucio (van desde la difamación y la compra de votos hasta la amenaza de muerte). 3. La constante contradicción (el enemigo a derrotar no es la corrupción, sino la "ultraderecha fascista" que no permite avanzar). 4. La "hegemonía cultural" (el secuestro de la educación, el arte y el lenguaje). 5. El empaque "poético" (quieren obligarnos a vivir en la pobreza, haciéndonos sentir como "héroes"). 6. La polarización afectiva (usan los medios y las redes para manipularnos y dividirnos entre "buenos" y "malos"). Liberar el arte, la cultura y la educación de ese influjo tenebroso no es tarea fácil. Nos plantea un reto mayor: la razón por la que cala tanto el discurso populista del odio de clases, sobre todo en las capas más vulnerables de nuestra población, es por el lacerante abandono que padecen. No podemos permitir que nuestro Estado siga siendo desangrado por unos cuantos criminales ignorantes, sin escrúpulos, incapaces de medir las consecuencias de sus repudiables actos. El robo sostenido de fondos públicos, a menudo normalizado y romantizado como "patrimonio cultural inmaterial", viola derechos fundamentales como la vida, la salud y la educación La corrupción deja a Colombia sin alimentos, sin hospitales, sin medicinas, sin escuelas, sin estadios, sin bibliotecas... y sus efectos son tan devastadores como los de la guerra. En este momento tan particular de nuestra historia, cuando nuestro próximo jefe de Estado será un brillante abogado penalista y administrativo, es imprescindible para nuestra Patria Milagro juzgar a la corrupción como delito de lesa humanidad. ¡Ánimo!