Cargando indicadores...
Córdoba Logo
Imagen del artículo
Opinión

La abundancia y la necesidad: la imperiosa lucha contra la inseguridad alimentaria

Carlos Rodríguez Month
Carlos Rodríguez Month
Columnista
8 de noviembre de 2025

En Colombia, la inseguridad alimentaria constituye una problemática estructural que afecta a millones de familias y se traduce en restricciones severas: muchos hogares llegan a reducir la frecuencia de sus comidas a una sola al día y, en ocasiones, los adultos sacrifican su alimentación para priorizar a los niños. El almuerzo suele ser la única fuente calórica significativa en numerosos hogares. Según el informe más reciente de la FAO y el Programa Mundial de Alimentos, unos 7,8 millones de colombianos sufren inseguridad alimentaria aguda, lo que representa el 14% de la población nacional.

Esta situación se agrava por una paradoja alarmante: mientras gran parte de la población no cubre sus necesidades nutricionales, el país pierde anualmente más de 9,7 millones de toneladas de alimentos. El desperdicio abarca desde productos agrícolas descartados por criterios estéticos hasta excedentes en los puntos de venta y pérdidas logísticas en transporte y almacenamiento. Así, el problema del hambre no se debe a la falta de alimentos, sino a una gestión inadecuada y al derroche persistente en la cadena de suministro agroalimentaria. La inflación alimentaria es otro factor crítico, con incrementos superiores al 40% en productos básicos como arroz, aceites vegetales, huevos y harinas desde 2020. Este fenómeno golpea principalmente a los estratos socioeconómicos bajos, ya que el coste de una ración básica supera el ingreso diario de muchos trabajadores informales, volviendo la alimentación adecuada un lujo y una dieta equilibrada un privilegio para pocos. El impacto de la inseguridad alimentaria es profundo en la población en edad laboral: más del 30% de los hogares ha reducido cantidad o calidad de sus alimentos en el último año, según datos del Dane y la FAO. En las zonas rurales, la situación se agrava aún más por la falta de conexión con mercados, acceso limitado al agua potable y ausencia de sistemas de riego eficientes, lo que incrementa la dependencia de productos importados y encarece la cesta básica. Ante este panorama, urge implementar políticas que optimicen el aprovechamiento de los recursos agroalimentarios. Colombia cuenta con suelos fértiles, saberes tradicionales campesinos y una biodiversidad rica que, bien gestionados, podrían transformar la realidad alimentaria. Entre las estrategias recomendadas destacan el rescate de variedades agrícolas autóctonas, el fortalecimiento de cadenas de suministro locales, el impulso de modelos de agricultura urbana y comunitaria, y la mejora de los mecanismos para gestionar el desperdicio alimentario. Una de las acciones más efectivas para reducir la pérdida de alimentos es la creación de bancos de alimentos regionales, que recolectan excedentes de cosechas, productos cercanos a su vencimiento o descartados por motivos estéticos y los distribuyen entre grupos vulnerables. Paralelamente, la innovación agroindustrial permite procesar frutas, tubérculos y cereales en productos de mayor durabilidad, como harinas, conservas y pulpas, disminuyendo las pérdidas postcosecha y generando empleo rural. Experiencias documentadas por la FAO demuestran que la recuperación de cultivos nativos, la diversificación de la dieta y el fortalecimiento de circuitos cortos de comercialización mejoran la seguridad alimentaria sin grandes inversiones. En Colombia, proyectos como huertas urbanas, bancos de semillas, mercados campesinos y redes de trueque han ampliado el acceso a alimentos de calidad y dignificado la soberanía alimentaria local. Transformar la realidad del hambre es posible mediante acciones articuladas y sostenibles desde las propias comunidades.