
Jure: Habrá una Colombia mejor

El presidente Gustavo Petro tuvo y tiene muchos defectos. Unos más criticados que otros, pero la política, en su conjunto, los tiene todos. La versatilidad para ir de un lado a otro del espectro "ideológico" es uno de los peores. Deja ver claramente la falta de honradez de las ideas que profesan y la falta de ética en el ejercicio de una profesión que exige y demanda rectitud. Lo que perciban los ciudadanos les importa un rábano. Y lo más notorio de sus actitudes y comportamientos es que la lucha es por no quedar por fuera del gobierno que llega, así haya que hacer el oso. Tampoco se dan cuenta de la desilusión de quienes los apoyaron por su forma de pensar. Ese es un mal que no tiene remedio y el ciudadano debe tenerlo muy claro para no sufrir una frustración tras otra.
En este preámbulo de ascenso al poder del presidente electo, Abelardo De la Espriella, se han visto personajes que hace cuatro años no alcanzaron ministerio ni cargo importante en el gobierno del cambio y hoy son tigrillos de marca mayor. Ojalá su rugido sea para favorecer a los verdaderos "nunca", palabra que perdió su verdadero significado para adoptar el de "siempre". Los hijos, hermanos o amigotes de alguien son hasta el 7 de agosto huérfanos de poder. No les cederán hasta ese día banderas, huestes, curules o cargos. Hoy es natural la gran expectativa de muchísimos colombianos por la llegada de De la Espriella al primer cargo de la Nación, entre otras razones, porque los compromisos que ha hecho son inmensos y ojalá fructifiquen por su honor y por el bienestar de miles y miles que han padecido y sufrido como pocos. No hay que cansarse de recordarle al nuevo gobierno que es momento de garantizar resultados, de hacer más y de hablar menos, porque hoy, por los cuatro años vividos, es así como se marca la diferencia. No se trata de guardar silencio ni de dejar las cuentas al garete. El asunto está en no convertirlo todo en discurso, señalamientos, quejas, denuncias y en manidos espejos retrovisores que son una cadena de lamentos que restan protagonismo a la acción. La competencia entre ideologías y castas no es por establecer quién habla más, sino quién lo hace mejor. Hay gente dispuesta a darlo todo por trabajar y marcar la diferencia, y hay que decirlo. Administrar y gobernar necesitan una alta dosis de armonía, de hacer sonar la totalidad de los instrumentos para acompasar de la mejor manera las actividades de los distintos niveles de gobierno y apoyar a la orquesta para que lleve el ritmo. Además, la música atempera, acompaña y “toca” los estados de ánimo con algo de delicadeza. Garantizar y cobijar con los derechos fundamentales a los cincuenta y tantos millones de colombianos es un sueño impostergable. Permitir el disenso, respetar la diferencia y no hacer del contrario un enemigo es algo por recordar todos los días. Lo demás llegará por mejores vías.