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Opinión

Juana

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
27 de septiembre de 2025

Juana caminaba por una calle del centro de la ciudad. Pensaba que definitivamente había sido un error ponerse esos zapatos para caminar varias cuadras, no eran incómodos, pero rozaban en la parte de atrás y había olvidado ponerse un curita.

Por Olga Leonor Hernández Bustamante Juana caminaba por una calle del centro de la ciudad. Pensaba que definitivamente había sido un error ponerse esos zapatos para caminar varias cuadras, no eran incómodos, pero rozaban en la parte de atrás y había olvidado ponerse un curita. Ahora que pensaba en curitas, pensó que sería bueno, como le había dicho a su terapeuta en la sesión de ayer, que alguien se inventara curitas para el alma. Sintió, como de paso, el dolor en la boca del estómago y en el corazón; el que sentía siempre que pensaba, con nostalgia, en cuál hubiera sido el futuro con él o cuál sería el futuro si se decidiera o si dejara que las cosas fluyeran. Deja de pensar pendejadas, se dijo a sí misma, apurando el paso y notando la incomodidad en los talones, el zapato le estaba raspando y pensó que con toda seguridad le iba a tocar meter los pies en agua tibia con sal de Epson, como le enseñó su mamá. No tenía idea si eso de la sal de Epson era para eso, pero siempre lo hacía y le servía, o quizá como lo creía le servía, vaya una a saber. ¿Se puede extrañar a quien nunca ha estado contigo? Fue el pensamiento que invadió su mente mientras cruzaba la calle por la cebra. Siempre por la cebra, siempre por zonas seguras, así había sido en definitiva toda su vida, construyendo caminos libres de riesgo y por la misma razón muchas veces estériles y aburridos, plagados de tedio. ¿Por qué lo tengo tan presente en este momento? ¿Qué es lo que busco? ¿Qué me hace falta? Fueron las preguntas que le había hecho justo el día anterior su terapeuta y que hoy volvían a aparecer. No había motivos ni justificaciones racionales para extrañar a una persona a la que conocía poco, pero aparentemente mucho. Creo que nos conocemos de vidas anteriores, le dijo él un día y a ella le gustó esa perspectiva de que en algún lugar está esa otra alma esperando encontrarse contigo en todas las vidas que vivas. Pero claro, seguro eso se lo dice a todas las mujeres cuando está en tono de conquista, seguro sabe que para una mujer que desea relaciones profundas no es posible mayor nivel de intimidad que la de imaginar almas que se esperan, se buscan y se encuentran por los siglos de los siglos, amén. Posiblemente eso es lo que pasa, pensó mientras entraba al almacén de telas y preguntaba por el precio del metro de lino azul. ¿Con quién hablo? ¿Con quién tengo la posibilidad de compartir esta hilera de pensamientos cotidianos sin sentido? Se preguntó si era necesario hablar de todo con alguien; tal vez todo el mundo tenía monólogos internos todo el tiempo, quizá todos organizaban, ajustaban y desajustaban su corazón todos los días, intentando buscar el lugar dónde las piezas encajaran para poderse sentir mejor. Pero se sintió sola y nuevamente pensó en él, porque seguramente él se tomaría en serio esa pregunta y podrían hablarlo por horas, en una intimidad maravillosa, pero pasajera.