
Jesús lo prometió

La fe, más allá de la razón, se basa en creer sin ver. Jesús, presente en la Eucaristía, ofrece gracia, pero la indiferencia nos aleja de este tesoro.
Por Selma Samur de Heenan: Creer en las verdades de nuestra fe puede ser muy difícil si buscamos entender, únicamente, desde la razón, lo que solo con el espíritu se puede aceptar, aun sin entender. De eso se trata la verdadera fe, en creer en lo que no se ve, en lo que aún no ha llegado, pero ha sido prometido por Dios; en tener la certeza de que existe una voluntad divina que está muy por encima de lo que las personas quieren o hacen; en no dudar de que lo revelado en la sagrada Palabra es cierto; en que Jesús Es quien dice ser, y en que nuestra vida tienen un propósito santo y una meta concreta: el Cielo. Cuando Jesús les manifestó a sus apóstoles que estaría con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos, no les especificó exactamente como lo haría, pero posteriormente se los fue aclarando. El hijo de Dios está con nosotros en Espíritu y en verdad, se encuentra presente con su cuerpo y sangre en la Eucaristía, esperando que lo recibamos dignamente para hacerse uno con nosotros, convirtiéndonos de esa manera en sagrarios vivos. Pero la incredulidad, la indiferencia hacia lo santo, la obstinación en negarse a cambiar la dirección equivocada en que se anda, ocasiona que se pierda este regalo único e irrepetible. Cuando pienso en la cantidad de personas que viven a espaldas de Jesús, Eucaristía, que es el manantial de gracia, siento tristeza porque se están perdiendo del tesoro que puede apagar todas sus afugias, tal como lo conversó Jesús en el pozo de Jacob con la samaritana. Ahí le explicó muchas cosas, entre ellas, que llegaría un día en que podríamos adorarlo en cualquier parte y que el agua que manaba de ÉL era la que nos saciaba sin volver a tener sed, porque provenía de la fuente que nos impulsa a la vida eterna. A nuestro Señor le duele infinitamente la tibieza e indiferencia de sus hijos, así como el hecho de que tantos desperdicien sus grandes regalos de salvación. Para evitarlo ha propiciado muchísimas señales milagrosas que nos lleven a iluminar nuestras conciencias, a despertar a los dormidos por el pecado que no logran ver lo que es tan evidente para aquellos que han decidido seguirlo, obedeciéndole sin cuestionarlo. Hay cientos de milagros eucarísticos que vienen presentándose desde hace siglos. De algunos de ellos, con la venia de Dios, estaremos hablando en las próximas semanas, con FE en que muchos creerán. A nuestro Señor le duele infinitamente la tibieza e indiferencia de sus hijos, así como el hecho de que tantos desperdicien sus grandes regalos de salvación.