
Jardín perdido

El jardín, en un acto de rendición que lo estremece, ha cerrado sus ojos.
En el vapor de la manzanilla ya no se oye la risa blanca de sus pétalos, sólo el eco frágil de un susurro que aquella abuela había perdido. El té se enfría por la distancia de un recuerdo ajeno, el fantasma de una canción mal tarareada. Se le observa con las manos llenas de una herencia sellada, tras la magia esfumada de un beso al olvido. ¿Quién, en este mundo sordo, sabrá escuchar el lamento de la tierra vacía? La caléndula, faro de sus heridas, ahora reserva su luz. La aplica sobre la piel, pero el alma permanece rasgada. No hay bálsamo para un escepticismo que le ha vaciado. Ha levantado catedrales de vacilación donde los milagros solían florecer, y la caléndula, en su sabia resignación, ya no derrocha su esencia. El jengibre, raíz andante con corazón de tierra, se materializa en la penumbra, dejando una huella de ceniza tibia donde solía habitar el alivio. Es una lección sin discípulos, el fantasma de una promesa rota. En su vigilia, se aprecia el rastro de esa fuga. La lavanda es la melodía de un secreto en el silencio entre dos respiraciones, un don para los pocos que aún se postran a oír. Es un vacío perfumado, una nostalgia sin raíz, el simulacro de una serenidad que ya no habita en los huesos. El romero, aguja que enhebra la memoria, se le ha convertido en un tejedor de ficciones. Muestra la sombra de lo que ha dejado de ser, el espejo de la historia que abandonó. El eucalipto exhala una niebla que se anuda en sus pulmones, una red invisible que sanciona. Su abrazo, antes guardián, es un rechazo que lo ahoga en el silencio de lo que fue. El ajo, bulbo que alguna vez fue su escudo, ahora exhala un sabor agrio de olvido. Sus propiedades se marchitan en la boca de su desinterés. En el desierto que le habita, el aloe vera, milagro acuoso, solo le ofrece un gel sin poder, un consuelo vacío. Es la prueba de que, incluso en la aridez de su espíritu, el abandono de la fe le convierte todo en la nada. Esta es su historia, la de su desconexión, el réquiem de una relación que se marchita en sus manos. Pero… ¿quién, en este desierto de almas, recuerda ya la melodía de los susurros? ¿Quién, en este mundo sordo, sabrá escuchar el lamento de la tierra vacía?