
Ir a terapia

Hay una frase, atribuida a Carl Gustav Jung, que rueda en las redes y que pone el acento en la figura del terapeuta: “Conozca todas las teorías, domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana...
Por Olga Leonor Hernández Bustamante Hay una frase, atribuida a Carl Gustav Jung, que rueda en las redes y que pone el acento en la figura del terapeuta: “Conozca todas las teorías, domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana, sea apenas otra alma humana". Es una invitación a quienes se sientan (nos sentamos) en la silla del terapeuta, a priorizar la presencia por encima de la teoría, a aprender herramientas, conceptos y teorías para tener luego la capacidad y la valentía de desaprenderlas cuando, en el contacto con el otro, su historia y experiencias deben estar por encima de todo y no al servicio o ajustadas a técnicas o estrategias. Pero en la silla del paciente pasa algo parecido. Ir a terapia no se trata de lo que quieres “arreglar” sino de lo que estás dispuesto a ver. La terapia no solo la hace un buen terapeuta, sino también un paciente con la disposición a verse a sí mismo. En las conversaciones se va desnudando y desanudando aquello que somos, lo que me hace la persona que soy. En terapia comprendo que, por ejemplo, para mi es importante sentir que tengo libertad, que puedo decidir con autonomía y por lo tanto ante situaciones donde sienta coerción o imposiciones, voy a reaccionar con fuerza, con rabia o incluso con agresividad. Si comprendo lo que me importa y lo que estoy protegiendo al reaccionar así, puedo decidir otra forma de afrontarlo. No es aprender a manejar la rabia y ya, no es tener una técnica de respiración para calmarme o aprender a hacer tiempo-fuera; es saber lo que me enoja, por qué me enoja y desde dónde estoy haciendo lectura de las situaciones en las que la ira aparece. La explosión de rabia no es el núcleo, es solo la manera en que aprendí a proteger aquello que para mí es importante. La tarea no es arreglar la rabia, sino estar dispuesto a ver qué es lo que la sostiene. Pero muchas veces no se quiere ver, solo se quieren soluciones: Una lista de diez tareas para aprender a ser empático, cinco tips para aprender a soltar, un ritual para sanar el niño interior y un largo etcétera. Todo esto puede que funcione, pero se mantiene en el nivel superficial. Hay un ejemplo que me gusta dar en terapia, tal vez por ser hija de arquitecto y es lo que sucede cuando en alguna pared de la casa aparece una humedad. Puedes pintar la pared y se ve impecable, pero es cuestión de tiempo para que la humedad reaparezca. La real solución es picar poco a poco la pared hasta llegar al tubo donde está el escape de agua, repararlo, volver a revocar la pared poniendo una capa de mortero (cemento, arena y agua) para alisar la superficie y pintar, por fin pintar, sabiendo que la humedad no volverá a aparecer. Ir a terapia es así. Es observar qué me pasa cuando me pasa lo que me pasa (me encanta ese trabalenguas). Volverme un experto en mi mismo, para así poder hacerme cargo de lo que hago con lo que soy.