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Opinión

Interacción

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
12 de agosto de 2023

En la era del coaching, se polariza el amor propio y el reconocimiento. Sin embargo, la autora argumenta que ambos son necesarios para un crecimiento sano y auténtico.

Por Olga L. Hernández Bustamante Hoy en día, en este boom del coaching y los mensajes motivadores en redes sociales, abundan los mensajes que contraponen el amor propio a la necesidad de reconocimiento por parte de los demás, como si fueran dos polos opuestos y tuviéramos que optar por el uno o por el otro. El mensaje que está quedando es que, si eliges ser reconocido, eres en cierto modo una persona vacía y dependiente, si eliges el polo opuesto, eres una persona feliz, puesto que te amas a ti mismo sin atender las condiciones de los demás. Esta visión, es peligrosa y frágil y nos condena a la esterilidad de tener que situarnos en un solo lugar. Observemos primero una cosa: la peligrosa quietud del equilibrio. Cuando encontramos comodidad en un lugar, así sea positivo en un inicio, si nos quedamos ahí, protegiendo y defendiendo la comodidad hallada, poco a poco nos anclamos a ese lugar, temiendo movernos pues si lo hacemos perderemos lo alcanzado. El equilibrio no es sano si se vuelve una zona de confort. Lo sano es el movimiento y la posibilidad de ser, en todas las experiencias y situaciones. Ahora bien, para poder tener amor propio, necesitamos el movimiento de apertura, para encontrarnos y expresarnos con el otro. Un "me amo a mi mismo y no necesito a nadie más" es cierto solo en la medida en que puedo reconocer que no soy el otro, que no me parezco a él, que tengo opiniones, pensamientos y emociones distintas a las de la persona que tengo al frente. En la medida en que me reconozco distinto, puedo alinearme con lo que soy y transformarlo de acuerdo con las circunstancias. Entonces, necesitamos ser reconocidos por los demás, pero no para que nos digan qué hacer, no para que piensen por nosotros, no como escondite y escape para tomar nuestras decisiones, sino para sabernos presentes encontrando coincidencias y diferencias con los demás. Ser reconocido no es ser dependiente, es todo lo contrario, es poder tener un espejo que nos permite comprender y decidir cuál puede ser nuestro lugar. No vivimos en burbujas, reconocerme a mí, implica reconocerme en relación con otros y eso solo se logra en la interacción. Sí sé lo que soy, lo sé también en función de lo que estoy siendo con los demás. El otro no está para perderme en él, ni para que apruebe o desapruebe mi forma de ser. El otro está allí para ofrecerme el contraste de mi existencia con su existencia y reconocerme distinto, pero al mismo tiempo conectado en la búsqueda de nuestra autenticidad. Autenticidad que está siempre en movimiento, creación e interacción.