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Opinión

Inesperado

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
29 de junio de 2026

La solidez del suelo es una ilusión construida por la memoria, una certeza fingida que los humanos tallan sobre un gigante dormido. De pronto, esa serenidad milenaria se hiende y el pavimento rígido abraza la cadencia de una marea embravecida, mientras los gruesos muros de concreto asimilan el vaivén dócil de los árboles, invirtiendo con violencia las leyes naturales conocidas.

La solidez del suelo es una ilusión construida por la memoria, una certeza fingida que los humanos tallan sobre un gigante dormido. De pronto, esa serenidad milenaria se hiende y el pavimento rígido abraza la cadencia de una marea embravecida, mientras los gruesos muros de concreto asimilan el vaivén dócil de los árboles, invirtiendo con violencia las leyes naturales conocidas. La estridencia profunda del hormigón envía un mensaje ancestral que despoja al ser humano de sus efímeras dignidades terrestres, variando el miedo en una masa densa que sobreviene un silencio denso y una atmósfera suspendida donde el aire frío sabe a polvo fino y a memoria desenterrada del abismo. Esta calma repentina deja una lección indeleble: las edificaciones inmensas resultan frágiles armaduras de naipes frente a la agresión soberana de la tierra. Sobrevivir expresa comprender que habitamos una morada ajena, una región mística donde la fijeza representa un obsequio fugaz de la divinidad. En este nivel suspendido, las bases revelan su verdadera naturaleza fluyente, semejando raíces de humo incapaces de sostener el peso de la vanidad civilizada. Cada sacudida desarma el calendario habitual, imponiendo una dimensión ajena. Los segundos se expanden indefinidamente, volviéndose siglos de mera expectativa descarnada. La superficie terrestre mejora su condición primordial de océano petrificado. Los continentes nadan a la deriva sobre un abismo incognoscible Aquellos lechos que antes ofrecían resguardo eterno quedan reducidos a simples sábanas de piedra. Las avenidas principales simulan caminos variables que ondulan bajo una fuerza invisible. La fragilidad humana resplandece con una belleza trágica, desprovista de armazones tecnológicos artificiales. Al volver la calma, las miradas esquivas se unen, descubriendo la fraternidad del desamparo absoluto. La vida adquiere un viso distinto, desvinculada de falsas verdades materiales diarias. El amanecer posterior al escalofrío consagra el instante presente, el único lugar verdaderamente vivible, un milagro concedido por la benevolencia del azar cósmico. Las viejas estructuras sociales se diluyen. Brota una renovada comprensión espiritual. Los viejos mitos cobran vigencia colectiva. Aprendemos tarde la lección del desapego absoluto. Los senderos cuarteados sugieren galerías abiertas hacia el centro mismo del planeta. Toda evidencia material fenece bajo el influjo telúrico. Renacemos descalzos sobre la ceniza gris del orgullo derrumbado, observando el firmamento inmóvil, imperecedero testigo silencioso de nuestro peregrinaje efímero.