
Impermanencia: la libertad de lo pasajero

Para los japoneses existe un principio ancestral, "mujo", que significa "impermanencia".
Para los japoneses existe un principio ancestral, "mujo", que significa "impermanencia". Una forma de mirar el mundo con la consciencia de que nada es inmutable, todo fluye y se transforma. Este principio, presente en el budismo y en la estética japonesa, enseña a no aferrarse a lo que inevitablemente cambia y a encontrar belleza en la transitoriedad. Explica que no se trata de resignación, sino de consciencia de vivir plenamente cada momento, sabiendo que no durará para siempre. Cada persona carga con problemas cotidianos, rutinas, relaciones, dudas y ansiedades que parecen eternas. Pero basta una mirada retrospectiva para descubrir cuántos de esos momentos críticos han pasado ya y cómo otros se transformaron en aprendizajes o en anécdotas. Incluso las etapas más dolorosas son transitorias. Esa conciencia otorga resiliencia y nos ayuda a no definirnos por una circunstancia específica. La impermanencia no solo tiene un sentido profundamente personal, sino también político. En Colombia, donde los ciclos políticos se suceden con rapidez y las expectativas ciudadanas suelen ser frustradas por la realidad, esta idea podría ser reconfortante. Cada nuevo gobierno trae promesas, entusiasmo, escepticismos y, casi de inmediato, la decepción que conlleva el engaño. Esperamos resultados inmediatos en temas que requieren décadas, y cuando no ocurren al ritmo presupuestado, aparecen la desesperanza y la sensación de que nada cambia. Esta mirada no significa pasividad. Reconocer la naturaleza pasajera de todo no implica dejar de exigir, ni mucho menos dejar de actuar. Significa comprender que la política es un proceso, no un gobierno de cuatro años, y que los cambios sociales son como estaciones y no como un interruptor. Quien comprende esto, podría liberarse del desespero, mantener la exigencia y al mismo tiempo cuidar su salud emocional frente a los vaivenes de la política. Sin embargo, si miramos a la luz de la impermanencia, notamos que ni los errores ni los aciertos son definitivos. Las políticas se corrigen, las instituciones se ajustan, las personas cambian de rol y la sociedad se reinventa. La ciudadanía se vuelve más madura cuando entiende que la democracia no es un producto acabado, sino un proceso evolutivo. Podríamos aprender algo de esto, no perder la esperanza ni la acción, pero sí renunciar al desespero que convierte la política en un juego de todo o nada. La impermanencia es, en este sentido, una aliada de la ciudadanía consciente. El "mujo" nos invita a mirar la política y la vida con ojos más amplios. Nos libera del espejismo de la permanencia y del miedo al cambio. Y al hacerlo nos ofrece el poder de actuar hoy, sin esperar perfección ni desesperar por lo imperfecto. Porque al final, la impermanencia no es una condena, sino la verdadera libertad de lo pasajero.