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Opinión

Imaginación: Semilla de la realidad

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
10 de marzo de 2025

La imaginación, esencia de la vida humana, nos impulsa a soñar y crear. Como el "duende" de Lorca, guía a artistas y soñadores hacia la libertad y la realidad.

Por José Arturo Ealo Gaviria Somos criaturas hechas de imaginación, sueños y esperanzas. Eso hemos de reflejarlo. Estamos cerca de despertar cuando soñamos que estamos soñando. La mente que se abre a una nueva idea, no regresará a su tamaño original. Así es. La imaginación es inherente a la vida humana. Federico García Lorca divulgó una teoría del duende. Inspiraría a los bailadores gitanos, y a lo cual siguen invocando para manifestar sus hallazgos sonoros los grandes músicos del jazz: un duende los orientaría en los vericuetos de la imaginación y en los laberintos de sus improvisaciones. A veces nos llegan las cosas simples. Y a algunos pocos les llegan delaciones realmente únicas. En el fondo no somos más que una fábrica de sueños. Pueda que surja en ayunas sobre la banca de un parque o en un noctámbulo que da vueltas cual cometa por una ciudad desolada, cavilar bajo las estrellas, soñar sueños ajenos y hasta desoír porqué no las amargas protestas de vísceras materialistas. No puede haber pasión, y por ende no hay amor, donde no haya imaginación. Crecemos en la grandeza a través de los sueños. En el curso e historia de la humanidad, los grandes hombres son soñadores. Avizoran y vislumbran cosas en la sutil bruma de un día de primavera o en el carmesí fuego de una larga tarde de invierno. Algunos de nosotros dejamos que estos grandes sueños agonicen, sin embargo, otros los nutren y amparan. Los cuidan a través de malos días hasta que los exponen al aire libre, al calor del sol y la luz sublime que siempre aviene a aquellos quienes sinceramente esperan que sus sueños se cristalicen o se hagan realidad. El envase de nuestra idea es parte de nuestras ideas. Nada es más libre que la imaginación humana y si el corazón tiene deseos. El recipiente de susurros arcaicos del cerebro humano aprende cosas nuevas y descubre regiones inéditas de la conciencia mientras se entrega al raudal de las palabras y se revela así mismo ante sí mismo mientras se dedica a su labor, ni dormido del todo ni despierto del todo, en un estado intermedio indefinible. Es ahí cuando nos esforzamos por concebir la existencia de objetos exteriores, sólo contemplamos nuestras propias ideas. La imaginación sirve para viajar, no cuesta. Es la voz del atrevimiento. Es un derecho legítimo, a través de ella se encuentra una plena libertad y satisfacción. Es semilla de la realidad.