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Opinión

Identitarismo miliciano

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
4 de junio de 2023

Un "revolucionario caótico" con rasgos patológicos, así describe el autor a un líder. Su incumplimiento, mentiras y obsesiones alimentan la agitación, exacerbando la polarización y el identitarismo.

Por Álvaro Bustos González* No es un pelmazo como Andrés Manuel López Obrador y Nicolás Maduro; tampoco es un vulgar chafarote como Daniel Ortega, pero no ha dejado de ser un revolucionario caótico, plagado de quimeras, alejado de todo pensamiento crítico, lógico y científico, con unas obsesiones teórico-ponzoñosas empotradas en el alma que lo hacen ver como un ente ajeno a la realidad, una especie de mesías de bajo coturno, con unos preocupantes rasgos patológicos. Nadie ha podido explicar su recurrente y displicente incumplimiento, ni su irrefrenable tendencia a mentir y a manipular la verdad más evidente. Este personaje no se cansa de insuflar el oleaje. Les pide a sus huestes que se manifiesten en la calle; clama porque excarcelen a sus simpatizantes de la "primera línea", que están presos porque incendiaron el país y cometieron múltiples delitos, no por una decisión de la oligarquía, y les ruega a los jóvenes que no lo dejen solo en esos palacios fríos, donde espantan en las tenebrosas noches bogotanas. Necesita vivir en lo que se llama un estado de revolucionaridad permanente. Su espíritu está signado, como el de Hugo Chávez, por la frustración de no haber sido un mártir de su causa, y por eso advierte desde hace mucho tiempo que hay sombras que lo asechan para matarlo. Tiene visos paranoides. Luce desesperado. Algunos columnistas lo perciben perturbado en su propia trinchera. Quizá pensó que con la mera agitación verbal y unos cuantos votos de más que le dieron la presidencia, sus planes no tendrían contrapesos democráticos. Se dio con la piedra en los dientes. Si no es por la irresponsable adhesión de los partidos tradicionales al Pacto Histórico, no estaríamos viviendo las turbulencias actuales ni los pálpitos de las que vendrán. Lo peor ha sido la utilización del identitarismo para organizar milicias territoriales. Eso de exaltar la defensa de lo propio con un sentido belicoso de la justicia, será el principio de nuevas conflagraciones. La presencia de la guardia indígena en la plaza de Bolívar con sus bastones de mando y una actitud intimidante, no presagia nada piadoso. Sería bueno que en el Palacio de Nariño leyeran a la historiadora y psicoanalista Élisabeth Roudinesco para que vean cómo las luchas por la identidad (cualquiera que ella sea) pueden acabar con la universalidad de los derechos humanos. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.