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Opinión

Hoy no fío, mañana sí

Ensuncho De La Bárcena
Ensuncho De La Bárcena
Columnista
1 de septiembre de 2023

Un recuerdo de infancia en Montería revive el valor del tiempo y el amor familiar. La nostalgia se mezcla con el recuerdo de seres queridos y el legado de una vida.

Por Ensuncho de la Bárcena Nunca olvidé ese aviso en la tienda de la 26 con quinta, en mi amada Montería. Me parece estar viendo detrás del mostrador al tío Gilberto Dickson. Sintonizado con la emisora que transmitía béisbol. Esa casa está en lo más profundo de mi alma. Con su aroma diario a arroz con coco, sus porros, el ruido de los buses, la música de Bellas Artes y la voz de mi tía Alsacia Bárcena, ordenándolo todo. Aquel aviso de tienda me enseñó, desde niño, el valor real del tiempo. Vivir en el único día posible: el presente. Hace un año fue el sepelio de la tía Alcho, en un aniversario del asesinato del tío Juve, víctima de la envidia y de las fuerzas oscuras de un Estado fundamentado en el homicidio como herramienta de la política. "Juve" y "Alcho" unidos por la misma fecha: la del nacimiento de la prima Ceci. La vida y la muerte siempre de la mano. Alegría la que sentíamos al pasar vacaciones en La Perla del Sinú. O en una cita con el pediatra. O por otro gran motivo: visitar a nuestras primas Dickson Bárcena. La libertad en aquellos tiempos era caminar a solas entre la 26 con quinta y la 23 con tercera, para ir donde el tío Alfredo y la tía María Eugenia, a jugar de todo con mis primos Ángela María, Alfredo Enrique y la gulfera. Para luego ir, por la tarde y en patineta prestada, hasta la 22 con novena donde la tía Chave, el tío Ché y los primos Vergara Bárcena. En esas tres casas nos sentíamos siempre bien recibidos, atendidos y amados. El Amor es lo que nos mantiene unidos, desde siempre y para siempre. "Perita en dulce" fue un ejemplo de Amor, de la cuna a la tumba. Desde su firmeza y personalidad arrolladora. No tenía la lengua en viaje para decir lo que pensaba, ni para callar ante una injusticia. Ni para agradecer al que hacía algo por ella. El gran Amor que vivieron junto al Gilbo hizo posible una gran Familia que le alcanzó para amar a sus nietos y consentir a sus biznietos. Conmigo fue siempre cariñosa, con una palabra, un gesto de apoyo, una sonrisa cómplice. Y uno que otro merecido regaño. Porque regañona también fue Doña Alsacia, mientras uno lo merecía. Cuando llegaba a San Marcos, ya pensionada y viuda, todo era una fiesta alrededor de ella. Con mis viejos se entendían muy bien. Se consentían, se solidarizaban, nunca los vi pelearse. Tenían diferencias, pero jamás se agredieron, ni se ofendieron. Así es el amor. Aquel aviso de tienda me enseñó, desde niño, el valor real del tiempo. Vivir en el único día posible: el presente.