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Opinión

Hospital de gatos

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
25 de mayo de 2025

Los gatos, con su encanto y misterio, plantean un problema en el Hospital San Jerónimo: el olor y los riesgos sanitarios de sus deyecciones. Proteger el bienestar humano es crucial.

Por Álvaro Bustos González* De los gatos se dice, algo que se puede verificar en un abrir y cerrar de ojos, que son animales misteriosos, ciclotímicos, prevenidos e imprevisibles. Excepto cuando emiten sus alaridos y sus desgarrados lamentos en los tejados que, de vez en cuando, utilizan para el amor, suelen ser especímenes pacíficos, de talante tierno, por momentos retozones. Si no fuera por las enfermedades que pueden transmitir, algunas de ellas potencialmente graves, como la toxoplasmosis congénita, y otras menos azarosas, como la bartonelosis secundaria a sus arañazos o a sus mordeduras, las tiñas, ciertas diarreas y diversas parasitosis, podría decirse que los gatos son unos félidos relativamente inocuos, un poco petulantes e indolentes, cuyas uñas afiladas tienen la virtud de cuidar los infiernillos de la intrusa presencia de ratones. Tienen los gatos, sin embargo, una característica que los hace poco amables: el olor penetrante y fiero de sus deyecciones. Por mucha tierra que les echen encima a sus excrecencias, éstas parecen tener el don de la perennidad, y por eso, con el ánimo de preservar un ambiente libre de tufos mefíticos, para bien del personal de la salud y de los enfermos, debe evitarse que la estirpe de tigrillos que se pasea por las crujías del Hospital San Jerónimo con las prerrogativas de una familia real, siga infectando las escaleras y las rampas con sus residuos impotables. El uso de tapabocas en el hospital ya no depende de los riesgos de infectarse con virus respiratorios; la mascarilla ahora hace parte de los elementos de protección personal frente al olor nauseabundo que los gatos dejan a su paso. Caminar por los entrepisos de la venerable institución conlleva el riesgo de pisar inadvertidamente una boñiga y quedar adherido por un buen tiempo a su pestilencia. Que haya almas caritativas, amantes de los animalitos, bienvenidas, pero el hábitat normal de los gatos no es el de un hospital. El amor a una especie viva, por afelpada que luzca, no puede justificar el deterioro ambiental de una entidad prestadora de servicios de salud. Las leyes de la protección animal no pueden ser interpretadas en contra del bienestar humano. No basta con esterilizarlos. A los gatos deben brindarles un cuidado digno de su naturaleza, que no está, obviamente, en los pasadizos de un hospital, donde la vida y la muerte merecen un ámbito menos contaminado. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.