
Historia de una foto

El mundo de las letras lamenta la pérdida de Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura. Recordamos al escritor a través del testimonio de un encuentro en Cartagena.
Por Ensuncho De La Bárcena La literatura es una bella máscara que nos permite descubrir el rostro real de la vida. El pasado Domingo de Ramos falleció el gran narrador y ensayista Mario Vargas Llosa. Fue una de las mentes más lúcidas de nuestro tiempo. Estudioso de la realidad política y económica, cuestionó todo lo que había que cuestionar, a tiempo. Como hombre de letras y activista del pensamiento, es un verdadero ejemplo para las generaciones por venir. Nació peruano en 1936 y se hizo español en 1993. A lo largo de su vida obtuvo grandes reconocimientos, entre ellos: el Premio Nobel de Literatura 2010, el Premio Cervantes 1994 y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 1986. En 2011 fue nombrado Marqués de Vargas Llosa, por SM el rey Juan Carlos I de España. El 27 de enero de 2013, justo dos años antes de que muriera mi padre, tuve el honor de conocerlo y conversar con él, en la siempre bella Cartagena del Caribe. Al enterarnos de que estaba en el Hotel Santa Clara con su familia, mi amiga Norma Jiménez y yo nos dimos a la tarea de montarle cacería. “Es muy difícil”, dijo. “Yo me encargo”, respondí. El barullo que se forma alrededor de la gente importante nos hizo dar cuenta de que venía. Rodeado de su esposa, hijos, nietos y admiradores, pasó cerca. “Buen día, Marqués”, saludé. Volteó a mirarnos y se dirigió a nosotros. Estrechó mi mano y le respondí: “Bienvenido a Cartagena, don Mario”. Sonrió y le presenté a mi amiga. Siguió caminando hacia la puerta. Y nosotros con él, sin hablar. Al salir lo abordé para contarle que estaba escribiendo mi primera novela. Se quedó aspirando el aire salitroso del Caribe y respondió, en dos tiempos: “¡Buena… Suerte!”. Después de agradecerle le pedí que me firmara un ejemplar de “El sueño del celta” que llevaba en mi mochila. “Con gusto”, dijo, sacando su estilográfica. Leyó la dedicatoria de mi cuñada Norma a mi padre, con curiosidad pero sin preguntas. Y procedió a firmar. Atravesamos juntos el Parque de San Diego, rumbo a Tumbamuertos, donde tenían un almuerzo. Caminamos en silencio, hasta llegar a la casa en cuya fachada leyó el poema de Luis Carlos López dedicado a esa calle. Volví a dirigirme a él: “¿Supo usted que, en su visita de 2010, García Márquez lo dejó esperando en un café donde harían las paces sin saberlo?”. “Nunca lo supe”, respondió enfático. Le agradecí de nuevo, dándole mi mano. Descanse en paz, Marqués. Dios lo reciba en Su Santo Reino y otorgue consuelo a su bella Familia. Amén.