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Opinión

Heridas emocionales de la infancia

Marta Sáenz Correa
Marta Sáenz Correa
Columnista
8 de abril de 2024

Las experiencias dolorosas de la infancia, como heridas psicológicas, impactan en la vida adulta. El Papa Francisco advierte sobre su gravedad y cómo sanarlas para evitar problemas.

Por Marta Sáenz Correa Las experiencias dolorosas vividas en la infancia marcan nuestro carácter, dejan huella y vaticinan cómo será nuestra vida cuando seamos adultos; son lesiones psíquicas, o fragmentos sueltos y mal curados que nos impiden llevar una existencia plena e incluso afrontar los pequeños problemas del día a día. Los signos de esas heridas psicológicas suelen evidenciarse de infinitos modos: ansiedad, pensamientos obsesivos, mayor vulnerabilidad hacia determinados trastornos, problemas del sueño, una actitud defensiva, entre otros. No es fácil lidiar con un pasado traumático, especialmente cuando esas marcas se originaron en una edad temprana. El Papa Francisco afirmó con contundencia: si las heridas en la familia no se curan a tiempo, se agravan y terminan por transformarse en resentimiento, hostilidad, y desprecio. Cuando los adultos pierden la cabeza, el alma de los niños sufre marcándolos profundamente. Se trata de palabras, acciones y omisiones que, en vez de expresar amor, hieren, provocando profundas divisiones entre sus miembros, sobre todo entre marido y mujer. Si estas heridas no se curan a tiempo, pasan a ser laceraciones profundas que desembocan en la división de los cónyuges. En la familia todo está entrelazado, de tal manera que todas las heridas y todos los abandonos del padre y de la madre, afectan a los hijos. Las heridas más comunes son: miedo al abandono, al rechazo, a la humillación, la traición y a confiar. La soledad es el peor enemigo de quien vivió el abandono en su infancia; de ahí que aparezca una elevada ansiedad a ser abandonado por la pareja, con pensamientos obsesivos y hasta conductas erradas por el elevado temor a experimentar una vez más ese sufrimiento. Las personas que han sido abandonadas tendrán que trabajar su miedo a la soledad y a ser rechazadas. El miedo al rechazo es una de las heridas más profundas porque implica el repudio hacia nuestros pensamientos, sentimientos y vivencias. Cuando un niño recibe señales de rechazo, piensa que no es digno de amar ni de ser amado, se auto desprecia. Esta herida se sana empezando a valorarse y a reconocerse, obviando los mensajes que el crítico interno le envía procedente de su infancia. Para empezar a sanar nuestra autoestima hay que hacer una introspección, conocernos profundamente, reflexionar acerca de lo que hemos vivido, y aprender cómo desintoxicarnos de los pensamientos y emociones negativas, para comenzar a sanar desde adentro, despertar nuestra conciencia, aceptar que somos personas valiosas y auténticas, y darnos cuenta de que tenemos potencial para hacer lo que nos propongamos.