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Opinión

Hemiplejía moral

Félix Manzur Jattin
Félix Manzur Jattin
Columnista
6 de julio de 2026

Colombia vive una peligrosa contradicción: una sociedad donde algunos ciudadanos parecen haber perdido la capacidad de juzgar los hechos con la misma vara. Esa enfermedad de la conciencia pública podría llamarse hemiplejía moral: mirar con indignación los errores del adversario, pero cerrar los ojos cuando los propios líderes son cuestionados.

Durante décadas, el país ha sufrido corrupción, clientelismo y escándalos que han comprometido recursos públicos. Muchos sectores denunciaron con razón los abusos cometidos en gobiernos anteriores, reclamando transparencia y castigo para quienes traicionaron la confianza ciudadana. Pero la verdadera prueba de la ética llega cuando los hechos afectan al gobernante que se admira. El gobierno de Gustavo Petro llegó al poder con la promesa de una transformación histórica, de acabar con viejas prácticas y construir un Estado más justo. Sin embargo, su administración ha enfrentado graves controversias: el escándalo de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres por presuntas irregularidades en contratos, las investigaciones relacionadas con personas cercanas al círculo del poder y las polémicas que han generado dudas sobre el manejo político y administrativo del gobierno. Mientras tanto, muchos colombianos observan con preocupación la situación de seguridad en varias regiones del país. Las disidencias armadas, el Clan del Golfo y otros grupos ilegales han aumentado su presencia en territorios donde comunidades enteras sienten miedo, abandono y falta de autoridad. Para críticos del gobierno, la política de negociación y la llamada “paz total” no han producido los resultados esperados y han dejado una sensación de debilidad del Estado. Lo más inquietante es el fanatismo político. Algunos defensores del presidente lo presentan como un líder incuestionable, como si cualquier crítica fuera un ataque personal y no una expresión legítima dentro de una democracia. Esa actitud convierte la política en una religión y al gobernante en una figura protegida de cualquier examen. Un país democrático no necesita santos políticos; necesita funcionarios responsables, instituciones fuertes y ciudadanos capaces de cuestionar a quienes ejercen el poder. La corrupción no tiene ideología, el abuso del poder no tiene partido y la defensa de la verdad no puede depender de simpatías políticas. Colombia no saldrá adelante mientras unos justifiquen lo que antes condenaban. La justicia debe ser igual para todos y la moral pública no puede tener un ojo abierto y otro cerrado. Esa es la verdadera hemiplejía moral que debemos superar.