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Opinión

Hay que prestarle atención al niño

Luis Miguel Pico Pastrana
Luis Miguel Pico Pastrana
Columnista
19 de julio de 2026

Durante los dos últimos años, el sector agropecuario se ha consolidado como uno de los principales motores de la economía colombiana. Mientras el Producto Interno Bruto (PIB) nacional creció 1,7 % en 2024, el valor agregado del sector agropecuario aumentó 8,1 %. En el primer semestre de 2025, la economía registró un crecimiento de 2,4 %, mientras la agricultura, la ganadería, la silvicultura y la pesca crecieron 5,3 %, aportando cerca de medio punto porcentual al crecimiento nacional, según el Dane. Estos resultados demuestran que el agro es mucho más que un sector primario: es un pilar de la seguridad alimentaria, del empleo rural y de la estabilidad económica del país. Sin embargo, este desempeño positivo coincide con una amenaza que podría comprometer buena parte de estos avances: la posible llegada de uno de los fenómenos de El Niño más intensos de las últimas décadas.

Los principales centros internacionales de monitoreo climático coinciden en esa advertencia. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (Noaa) estima una probabilidad del 81 % de que el fenómeno alcance una intensidad muy fuerte durante el segundo semestre de 2026 y del 97 % de que permanezca activo hasta 2027. El Centro Europeo de Pronósticos Meteorológicos de Mediano Plazo (Ecmwf) proyecta un escenario compatible con un "Súper Niño", mientras los modelos del Geophysical Fluid Dynamics Laboratory (Gfdl) prevén anomalías de temperatura del océano Pacífico superiores a los dos grados centígrados, un comportamiento observado únicamente en los eventos más severos registrados desde mediados del siglo XX. Sin embargo, el verdadero desafío no es la intensidad del fenómeno, sino la vulnerabilidad estructural de la agricultura colombiana frente a la variabilidad climática. Colombia concentra cerca del 6 % de la oferta hídrica del planeta, pero aproximadamente el 72 % de su agricultura depende exclusivamente de las lluvias y apenas alrededor del 8 % del área cultivada cuenta con sistemas de riego tecnificado. La paradoja es evidente: uno de los países más ricos en agua produce buena parte de sus alimentos dependiendo del comportamiento del clima. Este rezago ha sido ampliamente documentado. La Misión para la Transformación del Campo identificó hace una década la infraestructura de riego, la adecuación de tierras, la ciencia y la innovación como bienes públicos indispensables para elevar la competitividad del sector agropecuario. Más recientemente, el Consejo Privado de Competitividad reiteró que la baja productividad, el cambio climático y las limitaciones en infraestructura constituyen algunos de los principales desafíos para los sistemas agroalimentarios colombianos. A pesar de estos diagnósticos, el país ha avanzado lentamente en la construcción de una infraestructura hídrica capaz de reducir la dependencia de las lluvias. La experiencia demuestra que esta fragilidad tiene consecuencias económicas inmediatas. Durante el fenómeno de El Niño de 2015-2016, cultivos estratégicos como arroz, papa, maíz, yuca, cacao, palma de aceite, plátano y caña panelera registraron reducciones importantes en productividad, al igual que la ganadería por la disminución de agua y forrajes. De repetirse un evento de mayor intensidad, regiones como el Caribe, la Andina y la Orinoquia enfrentarían nuevamente pérdidas significativas, especialmente en sistemas productivos sin acceso a riego. Las repercusiones van mucho más allá del sector rural. Una menor producción agrícola reduce la oferta de alimentos, incrementa los precios y termina presionando la inflación. ANIF estima que la inflación de alimentos podría superar nuevamente el 11 % bajo un escenario de sequía prolongada. BBVA Research recuerda que durante fenómenos intensos de El Niño la inflación de alimentos alcanzó cerca del 30 % en 1997-1998 y alrededor del 15 % durante el episodio de 2015-2016. Citi, por su parte, advierte que Colombia podría ser uno de los países latinoamericanos con mayor impacto inflacionario asociado al próximo evento. Esto significa que El Niño no solo representa un riesgo para los agricultores; también afecta el costo de vida, el poder adquisitivo de los hogares y la estabilidad macroeconómica. La discusión, por tanto, no puede limitarse a la atención de la emergencia cuando la sequía ya se ha instalado. El verdadero reto consiste en fortalecer la capacidad de adaptación de la agricultura colombiana frente a un clima cada vez más extremo. Países como Israel, Brasil y Perú entendieron hace décadas que la infraestructura hídrica, la tecnificación del riego, la cosecha de agua y la gestión eficiente de cuencas son inversiones estratégicas para garantizar productividad y competitividad. Colombia, en cambio, continúa abordando estos desafíos de manera fragmentada y con escasa articulación entre la política agrícola, la política hídrica y el ordenamiento territorial. En la misma dirección, la estrategia de la CAF para Colombia plantea que la transformación sostenible del campo exige fortalecer la infraestructura, la resiliencia climática y la gestión eficiente del recurso hídrico como bases del crecimiento productivo. El próximo fenómeno de El Niño debe convertirse en un punto de inflexión para la política pública. El país necesita acelerar una agenda nacional de seguridad hídrica para la producción que priorice la modernización de los distritos de riego, el almacenamiento estratégico de agua, la recuperación de cuencas, la incorporación de tecnologías de monitoreo climático, el fortalecimiento del seguro agropecuario y el desarrollo de sistemas productivos más resilientes. No se trata únicamente de proteger la agricultura; se trata de proteger la seguridad alimentaria, la competitividad y la estabilidad económica de Colombia. El cambio climático dejó de ser un debate exclusivamente ambiental. Hoy es un determinante de la productividad, de la inflación y del crecimiento económico. En adelante, la capacidad de producir alimentos dependerá menos de la fertilidad de los suelos y más de la capacidad institucional para gestionar el agua. El próximo fenómeno de El Niño no será únicamente una prueba para los agricultores colombianos; será el examen más importante para nuestra política pública rural y para la visión de largo plazo con la que decidamos construir el futuro del campo colombiano.