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Opinión

¿Hasta dónde vamos a llegar con estos calores?

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
18 de mayo de 2026

El aire ha dejado de ser invisible. Ahora se puede pesar, tocar y padecer. En estos días donde el termómetro cede ante marcas históricas, la atmósfera ha variado en un bloque de plomo derretido que se hospeda sobre la nuca de las poblaciones. Bajo este cielo convertido en fundición, el asfalto exhala un vaho espeso que distorsiona la lejanía en un oleaje líquido y espectral; el paisaje urbano hubiera decidido evaporarse antes de nosotros.

La experiencia de habitar este horno a cielo abierto divulga la incomodidad física para volverse un fenómeno místico y perturbador. Al mediodía, la luz cegadora borra los colores del mundo, imponiendo un blanco rabioso y un bochorno que anula distinciones coloniales de las fachadas. En este yermo vertical, las chicharras imponen un zumbido estridente, una sierra eléctrica perforando los tímpanos, un metrónomo invisible que cronometra la desesperación colectiva de una población cuya piel hierve y cuyas sienes laten con violencia sorda. La verdad pavorosa de esta forma de lugar térmico es que ha abolido esa pausa de la noche. Cuando el sol se oculta, el castigo no cesa: las sábanas queman a medianoche y las paredes devuelven el fuego acumulado durante doce horas de exposición cruel. Vivimos en un ecosistema desordenado donde el agua fluye hirviendo desde la tubería profunda y los cuerpos gotean pegajosos, exhaustos, privados de voluntad. Las moscas vuelan lentas, letárgicas, ebrias de un sopor denso que inmoviliza los miembros; a su vez, las plantas se doblegan crispadas, convertidas en yesca chirriante que aguarda una chispa invisible. Hay un dolor de cabeza universal que, de manera silenciosa, unifica a los transeúntes agachados cuyas miradas hallan sombras inexistentes. Los ventiladores, en su esfuerzo inútil, solo baten aire de fragua, esparciendo la asfixia generalizada mientras la ropa se adhiere a la piel como una lapa hirviente. Ante dicha realidad, ¿hasta dónde vamos a llegar con estos calores? No podemos seguir asumiendo la emergencia climática como una anomalía pasajera o un mito de almanaque. Cuando la geografía misma comienza a crujir bajo la presión de un mediodía eterno y la vida se reduce a resistir una embestida sorda y omnipresente, la resignación es el peor de los abrigos. Modificar nuestra relación con el entorno ya no es una opción de vanguardia, sino el último reducto para asegurar que el mañana no sea solo un desierto más blanco y más furioso.