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Opinión

Hasta donde la fuerza alcance

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
22 de junio de 2024

Un encuentro revela la inmensa fortaleza de una mujer que carga con el peso del mundo. Entre conversaciones y gestos, emerge el temor a una inminente fractura.

Por: Olga Leonor Hernández Bustamante No la veía hace varios años. Las agendas, por esas sincronías inexplicables del universo, lograron coincidir y nos encontramos para comer algo, actualizarnos y conversar, sobre todo conversar. Ella es una mujer muy fuerte. Tan fuerte que se lleva a sí misma hasta el punto de no retorno, de cansancio y desgaste extremo porque ha aprendido a confiar en que siempre puede dar más. Siempre se puede “estirar la pitica” un poco más allá de donde está ahora. Esta vez la escuché. Es maravilloso verla hablar. Ella habla con todo el cuerpo. Sus manos se mueven y dibujan todas las escenas de lo que está narrando (Una vez, siendo universitarias, tardó contándome una película las mismas dos horas que demoraba la cinta en el cine), sus ojos se inundan y se secan a medida de lo que va contando. Su rostro se enrojece dependiendo de lo que siente con eso que le sucedió. Ella habla con todo el cuerpo. Vi una mujer con una fuerza descomunal. Que sostiene a pulso el mundo sobre sus hombros. Se acostumbró tanto a ser la que decide y cuida y resuelve que nunca hay descanso, quienes la rodean lo esperan como algo dado, algo que simplemente es así. Se obliga a dar cada vez un poco más y, los demás, se han acostumbrado a que ella, de alguna manera responde a todas las solicitudes. Es la buena hija que no solo se hace cargo de su mamá sino de todas las vicisitudes de esa rama de la familia. Es la buena trabajadora a la que le castigan la eficiencia poniéndole responsabilidades que superan las de otros. Es la buena esposa que acompaña, impulsa y motiva para que el otro cumpla sus sueños. Es la mamá que se gana un dolor de cadera intentando aprender de su hija algunos pasos de baile. Es la mujer que aprendió a vivir adolorida, que toma a diario medicamentos para disfrazar el malestar y poder continuar. Por instantes, sentí el sonido de una fractura. De una grieta abriéndose paso en el fondo poco a poco. Temo que ella está demasiado distraída en su ritmo y ocupaciones como para no percibirlo. O creo que tal vez si lo percibe, pero no tiene tiempo para dedicarle tiempo a eso. Temo que esa grieta va a profundizarse poco a poco hasta que ponga en riesgo toda la estructura. Y no sé qué hacer para acompañarla, sino simplemente estar ahí. Ella sabe que yo estoy ahí. Cuando llama, una vez al año, a decirme que soy yo la que ha estado perdida y que necesitamos ponernos al día. Aquí estoy, para contener a la que siempre contiene el mundo.