Cargando indicadores...
Córdoba Logo
Imagen del artículo
Opinión

Hacer lo que hay que hacer

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
16 de marzo de 2024

¿Por qué nos cuesta hacer lo que sabemos que debemos? Miedos, inseguridades y la búsqueda de preservar nuestra imagen influyen. Reconocer las barreras es clave.

Por Olga Leonor Hernández B. Vamos a jugar a los trabalenguas: La gran mayoría de veces podríamos resolver las cosas si simplemente hacemos lo que hay que hacer. El problema no es hacerlo, el problema es lo que hace que no lo hagamos. Lo que nos impide hacer lo que toca. El problema es reconocer por qué y para qué no hacemos lo que hay que hacer. Hacer lo que hay que hacer es, por ejemplo, decir de manera genuina y auténtica lo que estoy sintiendo frente a una situación particular. Decirle a alguien que lo que está pasando me genera ciertas sensaciones y emociones, expresar mi incomodidad, mi alegría o mi frustración. El problema no es eso. Si decir lo que hay que decir fuera tan simple, no existirían secretismos ni atragantamientos de palabras. Pero no es tan simple. Decir lo que realmente pienso y siento implica reconocer lo que soy en ese vínculo, lo que busco garantizar al silenciarme. También sería muy fácil poner límites cuando me siento invadido, invalidado o maltratado. Hacer lo que hay que hacer y marcar una línea que preserve mi dignidad y aquello que soy. Sin embargo, muchas veces reconocemos que los límites están sobrepasados, que nos falta contundencia para no permitir que pasen ciertas cosas, pero igual decidimos permitirlo. Corresponde reconocer qué es aquello que deseo y las acciones que se asocian a algo, los miedos e ideas que llegan a mi cuando pienso en poner distancia de una situación que me hace daño, lo que me impide marcar distancia, lo que gano afectivamente al no hacerlo. Se ve lógico el hecho de intentar aprender y mejorar en una nueva habilidad. Cumplir con las tareas necesarias para avanzar en mis logros personales o profesionales. Pero muchas veces no se hace. Se pierde el tiempo y se procrastina, alargando el plazo hasta su último límite. No se hace lo que hay que hacer muchas veces por temor a fallar y fracasar. Si lo intento y fallo, esto demostraría una incapacidad y reconocerme imperfecto o incapaz es apabullante. Es así como mejor fallamos por no intentarlo en vez de fallar en el intento de hacerlo. Se falla al fin y al cabo, pero la sensación que queda es distinta, la imagen preservada de lo que soy está por encima de todo. Hacer lo que hay que hacer implica aceptar la posibilidad del fracaso, del error. Existen muchos factores que actúan como barreras para poder hacer lo que toca de forma adecuada y auténtica.