
Gravedad del asombro: habitar el umbral

Vivimos con la columna vertebral encorvada por el peso de un cielo que ya no miramos. La época nos impone una horizontalidad asfixiante, una suerte de hechizo donde el barro de lo cotidiano es el único paisaje permitido. Pareciera que hemos sido condenados a contar los granos de polvo que levantamos al caminar, olvidando que esos mismos granos son, en esencia, restos de estrellas antiguas
Ante dicho panorama, surge la pregunta sin respuestas: ¿debemos sofocar el incendio de nuestra casa terrestre o darnos el lujo de observar el abismo que nos mira desde afuera con su indiferencia de diamante? Atender la vida en esta orilla es el rito de la sangre. Somos un suceso químico, una breve humedad que insiste en permanecer sobre esta roca herida. Ignorar las demandas del suelo en nombre de una contemplación lejana, sería una deserción imperdonable. Sin embargo, el peligro acecha cuando la atención a lo terrestre se vuelve una aritmética del alma. Cuando la vida se reduce a una gestión de inventarios, el hombre se convierte en administrador de su propia decadencia. Nos volvemos expertos en el arte de sobrevivir, en aceitar engranajes de la utilidad, pero en el proceso extraviamos el propósito. ¿Para qué mantener encendida la lámpara si no tenemos intención de iluminar nada que no sea el suelo? Es entonces cuando mirar hacia afuera, hacia lo inabarcable, deja de ser un escape para convertirse en un remedio. Levantar la vista hacia el cosmos, ese silencio aterrador que nos rodea, es el único antídoto contra nuestra propia arrogancia. En la vastedad, los dramas que jurábamos absolutos se revelan en matices microscópicos, suspiro en la garganta del tiempo. Mirar "afuera" da esa distancia sagrada para no morir aplastados por nuestras propias ficciones. Hay una lucidez que solo se alcanza cuando aceptamos que somos una anomalía consciente en medio de una noche sin orillas. Habitamos una frontera invisible, un umbral donde el peso de la tierra y el vértigo del cielo se reconcilian. Si nos entregamos únicamente al territorio, terminamos siendo máquinas de consumo. Si nos perdemos en la inmensidad exterior, nos transformamos en espectros sin memoria. Cuidamos este jardín terrestre por ser el único balcón donde podemos asomarnos, con elegancia y asombro, a la belleza del abismo. La sabiduría mantiene las raíces hundidas en la humedad del mundo, mientras las manos aspiran, aún, a acariciar la luz de lo que no alcanzamos a comprender. Raíces vivas, ojos de estrella.