
Gramática del escapismo

El habla dibuja la guía del espíritu humano. Las palabras evidencian las marañas del pensamiento. Entre los pliegues de la conversación cotidiana hay vicios destinados a cubrir silencios, hendiduras temporales del discurso ordinario. Existe un pronombre cuyo abuso distorsiona la identidad profunda: "uno". Este vocablo abandonó su vieja función matemática, volviéndose un refugio brumoso donde el emisor esconde su cara frente al espejo de la realidad.
El uso sistemático de dicho vocablo disuelve la obligación personal, arruina el discurso de manera alarmante. Quien afirma que en situaciones difíciles: "uno siente miedo" realiza un suave acto de escapismo consciente. Esquiva el pronombre "yo", desplaza la gramática hacia una sociedad espectral de seres invisibles que deambulan sin rumbo. Aquel trabajador agobiado murmura ante su jefe una frase gastada: "Cuando a uno le exigen demasiado, uno se estresa". Evita su verdad palpable: "Me siento estresado". El individuo proyecta su vivencia sobre una multitud imaginaria, buscando evitar la vulnerabilidad, el peso de su propia sombra reflejada. El mensaje pierde su fuerza natural, queda suspendido en una dimensión ajena, vivida por espectros sin nombre ni apellido. Una condena gradual avanza hacia la invariabilidad verbal absoluta. La reiteración de este pronombre colma los sentidos del oyente concienzudo, evidencia una escasez en el alma colectiva. Frases recurrentes se elevan en el aire pesadamente: "Cuando uno viaja, uno descubre que a uno le falta mucho por conocer". Esta acumulación agobia el entendimiento humano, resulta del todo árido para el desarrollo intelectual. El idioma castellano posee una riqueza honda, misteriosa, indescifrable. Sus conjugaciones precisas dejan omitir los nombres sin extraviar jamás al sujeto original. Reemplazar la fuerza de la primera persona por una abstracción disminuye la fuerza expresiva de la sociedad, vuelve las certezas en duendes flotantes que se desvanecen en el primer amanecer. Dicha muletilla expresa un vigor firme a asumir el protagonismo del propio destino, elude los sentimientos íntimos. Eliminar este hábito requiere un esfuerzo consciente, exige rescatar el "yo" cuando la experiencia refiere estrictamente al medio personal. La precisión léxica devuelve la autenticidad al vendaval que esparce nuestras voces por los rincones del mundo. La soberanía verbal afirma el diálogo honesto. El yo desadormece la realidad absoluta. Nuestro idioma no requiere de este refugio neblinoso. Su armazón aprueba que el sujeto se reconozca firmemente en el final del verbo, devolviendo la identidad y el peso a cada palabra dicha.