
Fútbol: pan y circo

"El pueblo que antes otorgaba mandos, fasces, legiones, todo, ahora se contiene y desea con ansiedad solo dos cosas: pan y circo." Lo dijo el poeta Juvenal en Sátiras hace más de 1.900 años y sigue vigente porque el entretenimiento mediático y el asistencialismo barato son utilizados por algunos gobiernos para alejar el foco de atención de los problemas que en verdad aquejan a la sociedad.
Del fútbol muchas veces se dice que es el nuevo circo, la gran herramienta de distracción masiva y el engañabobos que nos aleja de la realidad. Es sabido que dictaduras —como la de Argentina en 1978—, pero también gobiernos democráticos han utilizado los mundiales de fútbol para legislar contra el pueblo, esconder abusos y crisis económicas o limpiar su imagen ante el mundo. Sin embargo, no se puede desconocer que durante 90 minutos muchas almas nos sumergimos en los detalles de un juego que apasiona y nos desconecta de la cotidianidad. Para muchos es el mejor espectáculo del mundo. No se trata de 22 tontos persiguiendo un balón, sino de lo que pueden llegar a hacernos sentir viéndolos en el campo de juego. Bastante duro es el día a día como para no darnos el permiso de escapar de los problemas y poder tocar la gloria que se siente cuando tu equipo juega. El peligro surge cuando la sociedad, o quienes la dirigen, deciden que el resultado de un partido importa más que el futuro del país. Era importante que Colombia ganara el miércoles a Uzbekistán, pero más importante es que el país gane el domingo: ejerciendo el voto y derrotando el abstencionismo. Ayer, el fútbol fue capaz de conseguir algo impensable en épocas electorales: volver a unir a un país que la política había ido fragmentando hasta convertirlo en dos bandos opuestos e irreconciliables. La selección colombiana de fútbol es como una religión y representa a un país tan diverso como indivisible. La selección no es de nadie: tiene más de 52 millones de dueños. La camiseta tampoco pertenece a un sector político ni económico ni social. Si el fútbol va a ser pan y circo: que no sea el circo que nubla nuestra realidad, sino el que nos une como hermanos y que no sea el pan que sacia momentáneamente el descontento, sino que sea el pan que nos permita sentarnos a la mesa a compartir la vida.