
Fuerzas armadas: carne de cañón

En Colombia, hablar hoy de nuestras Fuerzas Armadas es hablar de un cuerpo valiente, pero cada vez más abandonado. El Estado, que debería garantizar su operatividad y dignidad, las ha convertido en carne de cañón, expuestas al peligro sin el respaldo logístico, presupuestal ni político necesario. La reducción sistemática del presupuesto destinado al Ejército, la Policía y la Armada ha dejado helicópteros en tierra, bases sin repuestos ni combustible, y zonas enteras del país entregadas a la ley del más fuerte.
Departamentos como Arauca, Cauca, Chocó, Nariño y Norte de Santander se han transformado en verdaderos enclaves de la ilegalidad, donde operan sin control el ELN, disidencias de las Farc, bandas del narcotráfico y grupos armados que siembran miedo y controlan rutas, cultivos y poblaciones. En ciudades como Buenaventura, Tumaco, Quibdó y en zonas rurales del Catatumbo, el Estado está ausente o es apenas simbólico, y la seguridad depende más del azar que de la acción institucional. La situación de la Policía Nacional es igual de crítica: la disminución del presupuesto operativo ha afectado patrullajes, mantenimiento de equipos, dotaciones y capacidad de respuesta. En muchas regiones, las estaciones policiales están desprovistas de tecnología, chalecos antibalas o incluso de motocicletas con gasolina suficiente. En el caso del Ejército, la falta de combustible mantiene vehículos acorazados y aeronaves estacionadas, impidiendo misiones de inteligencia o reacción rápida ante ataques armados. La Armada Nacional, encargada de la vigilancia fluvial y marítima, también ha visto reducidos sus recursos. Sus embarcaciones muchas veces permanecen inactivas por falta de mantenimiento o de tripulación suficiente, mientras el narcotráfico crece sin freno por ríos como el Atrato, el Putumayo o el Amazonas. Esta crisis es el resultado de un modelo de gobierno que, con discursos de paz sin acciones concretas, ha debilitado la estructura defensiva del país. Las Fuerzas Armadas, lejos de ser fortalecidas, han sido marginadas presupuestal y políticamente, convirtiéndose en blanco fácil de ataques armados mientras se les exige contención, presencia y sacrificio. Si no se revierte esta tendencia, Colombia se encamina a un escenario de anarquía territorial, donde la seguridad será un privilegio y el miedo una constante. Defender la institucionalidad exige dotar y proteger a quienes la representan. De lo contrario, la patria será defendida por héroes desarmados.