
¿Fue el tiempo pasado mejor?

El autor reflexiona sobre la nostalgia y cómo los recuerdos de la infancia y juventud idealizan el pasado, contrastando con el presente y la pérdida de costumbres.
Por Rafael Hernández Mestra Trataremos en este mes de hablar algo más agradable, diferente a escándalos y políticas. Aunque el poeta no lo hubiera dicho, a todo el mundo le parece innegable. Las personas de edad madura piensan que los tiempos pasados fueron mejores. Siempre ha ocurrido así y seguirá ocurriendo, por lo menos en lo que se refiere a los recuerdos gratos que tuvieron que ver con la niñez y la juventud. Naturalmente, se entiende que se trata de asuntos personales, en el marco de una determinada organización social. Porque, con los grandes cambios que se operan, gracias a los procesos revolucionarios y al progreso de la humanidad, nadie puede darse el lujo de negar su trascendencia. De todas maneras, sea lo que fuere, la verdad es que la evocación se endulza y la imaginación moldea situaciones y encantos bajo el rigor de una nostalgia un tanto escapatoria. Tal vez el Compae Goyo, con su decir gracioso, recordando a mi amigo el médico Omar González Anaya, al estilo costeño, resumía muy bien el apego, las costumbres alejadas, cuando decía: "desde que inventaron la nevera y el bidé, ni la carne sabe a carne, ni la mujé sabe a mujé" . Ayer 7 de diciembre cuando escribí esta nota era el día de las velitas. Antes era una fiesta entre vecinos y más doméstica, ahora hay mucha costumbre foránea; sin embargo, el espíritu festivo se impone al temor y al aislamiento, grandes plagas de estos tiempos. Porque las familias estaban en las terrazas de sus casas para compartir, hoy hay barrios encerrados que impiden el acceso de la gente, y casas con rejas altas que semejan jaulas; los vecinos poco se tratan, porque las tapias de hierro separan y aíslan. Y podría decirse que la inseguridad y el miedo son la causa de ese aislamiento. Antes el miedo era, por cierto, a las brujas, malas horas y demás personajes que la imaginación creaba y en las calles se departía sin temor al atraco, al sicario o al conductor irresponsable. En la cuadra, o en el barrio, casi todos eran amigos, por lo menos, conocidos en disposición y ánimo para reunirse, conversar o departir. Y cuando el licor, los celos o cualquier otro agente perturbador rompía la armonía, los puños bastaban para dirimir diferencias y discordias. Como dice Poncho Zuleta: ahora es puro M1 – 9 milímetros. ¿Será que todo tiempo pasado fue mejor?