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Opinión

Florecimiento humano

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
3 de mayo de 2026

Hace algún tiempo, cuando supe del proyecto de florecimiento humano para la paz, tuve que dar dos saltos al pasado: uno de 2.350 años para encontrarme con Aristóteles y su ética de las virtudes, y otro de 300 años para hablar con Inmanuel Kant sobre su ética de los deberes.

En efecto, estos dos grandes filósofos y pensadores habían tratado el tema del florecimiento desde distintos ángulos, pero habían llegado a conclusiones convergentes: la conducta humana debe estar sometida a un criterio racional exigente, que consiste en cultivar un carácter virtuoso fundado en la prudencia, la phronesis que llamaban los antiguos griegos. Para lograr el florecimiento, llamado por Aristóteles eudaimonía, hay que vivir de tal manera que el carácter exprese la excelencia, lo cual es posible solo a través de la razón, de una conducta no sujeta a impulsos, reflexiva, guiada por la comprensión y la generosidad. Para Kant, de otra parte, una acción es moralmente válida si se realiza en el cumplimiento del deber, no por conveniencia, lo que finalmente constituye su imperativo categórico, es decir, un comportamiento sujeto a principios universales. Aristóteles propone una ética del ser, que se deriva necesariamente de la formación del carácter, el cual se cultiva solo con la superación de la adversidad; Kant promulga, a su vez, la ética de los deberes, que hoy choca con la hipertrofia de derechos que nos tiene agobiados, en medio de los cuales todo el mundo es víctima de algo o de alguien. Ese fue el nicho, para que ustedes lo recuerden, de donde surgió la llamada generación de cristal. En síntesis, y para desearle el mayor de los éxitos al programa de formación docente en florecimiento humano de la Universidad del Sinú, quisiera sintetizar este mensaje con algunas recomendaciones explícitas para los profesores: la excelencia es un equilibrio relativo, no aritmético, entre los excesos y los defectos propios de toda vida humana; la prudencia es la inteligencia práctica que discierne lo adecuado de lo inadecuado en cada circunstancia; hay que tratar a cada persona como un fin en sí mismo y no como un medio; y tengan presente que el florecimiento es intrínsecamente ético, y consiste en vivir de acuerdo con la virtud, integrando la razón con las emociones, ya que la felicidad sin virtud carece de valor. Mejor dicho, la virtud es la condición indispensable para merecer la felicidad.