
Fin de las corralejas: los vendedores

La fiesta inicia el jueves con la cabalgata. Ellos llegan el miércoles, cuando la tarde se desploma. Van a la corraleja, sondean casas humildes buscando posada barata. Los lugareños, que los esperan, han vaciado sus viviendas o improvisado hamacódromos; harán su agosto. Son gitanos criollos, saben que el cielo es el mismo para todos porque son asiduos de las noches a la intemperie, por eso se acomodan en cualquier rincón con techo y comparten un bocado de comida más contentos que perro con dos colas.
Temprano arman tenderetes en el contorno del ruedo de madera. Mesas de fritos, anafres para chuzos, carros de guarapo, puestos en los que ofrecen globos, sombreros vueltiaos, ponchos, licores, etc. Algunos comienzan a preparar sus productos, otros traen la mercancía llena de polvo de otras corralejas y de la ilusión de recaudar algunos pesos para subsistir. Algunos compran el espacio debajo de los palcos para montar cantinas y “palquitos”, una alternativa para los que no pueden comprar boletas tan caras para los palcos. Otros trabajan para los picós, las llaneras o venden arriba, en los palcos, donde está la gente que se goza la fiesta brava a cuerpo de rey. Antes de despuntar la mañana los voladores truenan en el cielo avisando que empieza la Alborada, se abren oficialmente las fiestas de toro en el pueblo. Llegan los artistas de la fiesta, todos los conocen. Hay abrazos, risas, bromas, son los que atraen al público, los que, para poner un plato de arroz caliente en las mesas de sus casas, se juegan la vida ante los astados. Por eso gozan del respeto y admiración de los vendedores, aunque en esta actividad todos exponen el pellejo, unos en el ruedo con los toros, los otros en los alrededores con los ladrones y con las mafias que no les basta con traficar y llegan a extorsionarlos. Todos ellos viven de las fiestas de toros, pero el resto de Colombia ignora que: vivir de fiesta en fiesta, aunque suene a jolgorio, tiene más de andar por vericuetos que de transitar con alegrías. Ellos no disfrutan del dolor que puede causar al toro una garrocha, tampoco del mal que causan en el animal las banderillas. No ven lo que ocurre en el ruedo porque están ocupados trabajando, ellos como mucho se alegran cuando hay mucho público. ¿Cómo se va a ganar la vida esa gente si se acaban las corralejas?