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Opinión

Fin de las corralejas: las bandas

José Armando Benítez Tuirán
José Armando Benítez Tuirán
Columnista
25 de septiembre de 2025

La gente abandona la rutina y se asoma a ver de dónde proviene esa sinfonía de dioses, esa música sagrada para los cordobeses. Ese ritmo propio de nuestra tierra que es un ritual en el que se rinde homenaje a la memoria ancestral de los pueblos de Córdoba y sus alrededores. Es la autenticidad corroncha hecha música y baile, una tradición dónde la letra, que cuenta historias de ríos, de pueblos, de toros, y de personajes, se esconde bajo los sonidos melódicos de los instrumentos. Y la poesía a pesar de no estar escrita se manifiesta en un aipeo que resuena y que será contestado por un guapirreo. Es la simple entrada de una banda pelayera a un pueblo, el día antes de cualquier fiesta de toros, carreras a caballo o cabalgata.

El solo de una trompeta irrumpe en el bullicio cotidiano del pueblo. La gente deja de lado por un momento los quehaceres diarios, las cantinas y los bares apagan la música, la expectativa es generalizada. Y antes de que se persigne un ñato, bombardinos, clarinetes y trombones responden altaneros y airosos. El redoblante, alegre y fiestero, pone a vibrar su cuero, a la vez que eriza el de los nativos. Entra sin pedir permiso el bombo a dictar sentencia: es palitiao o es tapao, el porro que está sonando. La gente abandona la rutina y se asoma a ver de dónde proviene esa sinfonía de dioses, esa música sagrada para los cordobeses. Ese ritmo propio de nuestra tierra que es un ritual en el que se rinde homenaje a la memoria ancestral de los pueblos de Córdoba y sus alrededores. Es la autenticidad corroncha hecha música y baile, una tradición dónde la letra, que cuenta historias de ríos, de pueblos, de toros, y de personajes, se esconde bajo los sonidos melódicos de los instrumentos. Y la poesía a pesar de no estar escrita se manifiesta en un aipeo que resuena y que será contestado por un guapirreo. Es la simple entrada de una banda pelayera a un pueblo, el día antes de cualquier fiesta de toros, carreras a caballo o cabalgata. Porque nuestra cultura no se puede entender sin la música de bandas. Sin ella no hay fiesta, es el hilo conductor de nuestro folclore. Ella también simboliza el glamour criollo, ese que se percibe en los bailes de salón, en las procesiones, en los quinceañeros. Tenemos una música típica que está más viva que nunca a pesar de tanta modernidad. Sin embargo, es preocupante el vacío que dejarán las fiestas de toros y las carreras a caballo, cuando no este permitido hacerlas. Ya no solo hablamos de economía, que también, hablamos de unos espacios con una fuerza cultural y un arraigo identitario que deberíamos cubrir de alguna manera para que las bandas sigan manteniéndose activas, para que esa música que tanto nos representa siga en auge y continúe siendo la reina de nuestras celebraciones. ¿De qué manera vamos a potenciar la música de bandas cuando entre en vigor la prohibición de las corralejas? No es solo una tarea para quienes gobiernan, es deber de todos propender para que las bandas sigan vigentes llevando la música que más nos representa a cada rincón de nuestra tierra.