
Fiesta electoralista

En Córdoba, las elecciones regionales son una mezcla de fiesta y conflicto. La euforia electoral contrasta con el olvido posterior de los gobernantes hacia sus votantes.
Por José Armando Benítez Tuirán Difícilmente haya otro lugar del mundo donde las elecciones regionales se vivan con tanto interés, emotividad y a la vez rivalidad y conflictos, como en los municipios de Córdoba. En la mayoría de nuestros pueblos los comicios son una fiesta, no una fiesta democrática sino más bien una fiesta electoralista. La gente siente que se está jugando la vida con las elecciones y pone entusiasmo, pero también mala leche, si hace falta. Las reuniones en los barrios, los tarimazos, las tomas de los corregimientos, son ejercicios donde el positivismo contagia a los indecisos con la fiebre del candidato al que se le hace campaña. Por momentos los candidatos son idolatrados, (de aquí que muchos, ya en el poder, se crean dioses chiquitos) pero también son satanizados por los contrarios. Cuando todos sabemos que malos y buenos hay en ambos lados. Me pregunto cómo es posible que un acto tan fervoroso de la mayoría de un pueblo que se expresa en las urnas, sea olvidado a los pocos meses por el individuo que consigue llegar a la primera magistratura municipal. Sé que es una pregunta sin respuesta. Es increíble que un acto tan inmerecido como el de acompañar en una campaña a un candidato sin importar el sol, la lluvia, los madrugones o los trasnochos, sea ignorado por este, cuando pasa a ser gobernante. Quizás sea que esa euforia que invade a los pueblos termina haciendo creer a los futuros alcaldes, que son merecedores del esfuerzo de ese puñado de personas y que al final no le deben nada a nadie, más que a aquellos que los financiaron. Y no se trata de que premien a quienes incondicionalmente los han seguido en el proceso electoral, no. Me refiero a corresponder con obras, con acciones que incidan en el bienestar de todo el municipio. Porque los pueblos cándidamente ponen sus esperanzas en individuos que luego olvidan porque llegaron allí y se dedican a satisfacer sus necesidades personales desatendiendo toda la problemática que afecta a la comunidad que los ha llevado al poder. Por eso invito a la ciudadanía a que viva la fiesta electoral con entusiasmo, con alegría, pero evitando la ofensa, la burla y el descrédito de los contrarios. Porque dentro de veinte días todo habrá acabado y seguramente muchos de aquellos que han luchado para convertir a ese amigo en alcalde, serán ignorados durante los próximos cuatro años, al igual que el resto del pueblo.