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Opinión

Fiducia inmobiliaria = confianza + diligencia efectiva

Ernesto Gutiérrez Castillo
Ernesto Gutiérrez Castillo
Columnista
24 de febrero de 2026

Como producto de una acción presentada por 27 familias en el año 2023, la Superintendencia Financiera profirió recientemente sentencia condenatoria en el caso del proyecto inmobiliario "Torres del Cielo" que se ejecutaba en la ciudad de Barranquilla, imponiendo a Alianza Fiduciaria la sanción económica más alta registrada hasta el momento, constituyendo así un punto de quiebre en la manera como el país debe entender la fiducia en el sector vivienda. No se trata solo de una multa millonaria ni de un litigio más; es una advertencia institucional sobre los límites de la "administración pasiva" de recursos ajenos.

La fiducia inmobiliaria nació como un mecanismo para proteger a los compradores, y si bien no es garante del éxito del proyecto, sí lo es del buen gobierno de los recursos. Por medio de ella se crea un patrimonio autónomo que separa los recursos del promotor o constructor, se introducen controles y se genera confianza en proyectos que, por definición, se ejecutan a futuro. Pero cuando la fiduciaria asume una neutralidad excesiva —"yo solo administro lo que me dicen que gire"—, el instrumento pierde su razón de ser. La sentencia deja manifiesto que las fiduciarias no son meros canales de recaudo y que su rol exige diligencia profesional reforzada. Entre otros aspectos, la autoridad encontró omisiones en la evaluación del proyecto, falencias en la verificación de la capacidad técnica y financiera del constructor, una gestión de recursos desalineada con el riesgo real y una vulneración al deber de información. Esto es, en lenguaje común, administrar el ahorro de las familias sin el mínimo cuidado que el sistema financiero exige. Este tipo de decisiones revela un problema estructural, exponiendo una brecha entre la expectativa del consumidor y la práctica del sector. Para muchos compradores, la fiducia equivale a “seguridad” y para algunas fiduciarias, el negocio se ha entendido como gestión operativa con bajo involucramiento en el riesgo. Esa tensión es la que la Superintendencia viene corrigiendo, pues quien administra confianza pública debe actuar como experto diligente, no como simple intermediario. El impacto social de los proyectos inconclusos es profundo, y detrás de cada expediente hay familias que comprometieron sus ahorros bajo la promesa de un esquema de protección especializado. Cuando ese esquema falla, no solo se pierde dinero, sino que se erosiona la credibilidad de un sector entero. Para los inversionistas es clave comprender cómo operan los esquemas fiduciarios de recaudo y administración de recursos, bajo qué reglas técnicas y jurídicas se estructura cada proyecto inmobiliario y qué herramientas existen para exigir responsabilidades cuando la fiduciaria incumple sus deberes legales.