
Fernando Botero

Fernando Botero, artista colombiano reconocido mundialmente, desafió la envidia y construyó un legado de formas voluminosas y colores vibrantes. Su obra, un ejemplo de perseverancia, destaca por su originalidad.
Por Álvaro Bustos González* A estas alturas ya se habrá dicho todo sobre la vida y obra de Fernando Botero, el meritísimo artista que, con un engallado mutismo, desdeñó la envidia y la maledicencia que acompañaron sus primeros años. Era el tiempo de la búsqueda obsesiva de un camino propio, que abrevó del manantial del Renacimiento italiano y terminó en la apoteosis del reconocimiento universal, afincado en la sensualidad de sus colores. Se podrá disentir de la emoción plácida que suscitan algunos de sus personajes estrábicos, ajenos a la conmoción impactante del arte eterno, pero nadie podría negar que, en el hieratismo de sus formas voluminosas y la indiferencia sensorial de sus efigies, asomó la originalidad inesperada del genio. Como en todo gran creador, en la obra de Botero también sobran páginas de dudosa turbación estética. Su profusa obra es una demostración palmaria de su amor por un oficio que lo encumbró, y al cual le dedicó su vida entera. Vivió y murió trabajando en la toscana agitación de su taller, en medio del olor cromático de sus pinceles y el negro humo de sus figuras monumentales. Fue un ejemplo de perseverancia, algo sin lo cual no es posible lograr la felicidad, el progreso humano ni la riqueza cultural. Basta imaginar sus pródigas y exuberantes donaciones, el estoicismo de los opulentos cuerpos minuciosamente tallados, esparcidos en plazas y avenidas, para meditar sobre la grandeza envuelta en el manto de la discreción y el silencio. Por él supe de la existencia de Los embajadores, el cuadro de Holbein, que él tuvo entre los cinco preferidos de su harén pictórico. A él adherí cuando desdeñó el arte conceptual, cuyo cimiento ideológico ("lo que importa es la idea, no la pintura") me produjo un obvio repelús. ¿Cómo podía ser arte la exposición cruda de un orinal, de un espacio vacío o de la cabeza de un cerdo colgando en una carnicería? Esos gestos, como cualquier propuesta insubstancial, generan devociones fáciles, porque las modas, mientras más triviales, más fácilmente colonizan los cenáculos de la disrupción pueril. Su afición a las corridas de toros fue proverbial. Excepto por la mirada irónica y risueña de uno de los toros que aparece en la serie de la tauromaquia, en los picadores, banderilleros y toreros predominan la solemnidad y el miedo, porque todos tienen el rostro inexpresivo, cruzado por el temor a la muerte. Adiós, maestro, adiós. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.