
Fecunda generosidad

García Márquez, ¿ignoró a otros autores colombianos mientras defendía presos políticos? Un análisis cuestiona su impacto en la difusión de la literatura nacional, comparándolo con Vargas Llosa.
Por Álvaro Bustos González* ¿Qué hubiera pasado si Gabriel García Márquez, a la par de sus diligencias, poco eficaces, por lo demás, en pro de algunos presos políticos sojuzgados por la dictadura cubana, hubiera dicho o escrito algo en favor de algunos de los escritores colombianos que vivieron en el tiempo de su mayor esplendor literario? Tengo la certeza de que una palabra suya en favor de Germán Espinosa o de Héctor Rojas Herazo, o de cualquier otro narrador o poeta meritorio de esta comarca, hubiera servido para generar un mayor interés por determinados autores, opacando las tendencias de los cenáculos del altiplano, que, de forma sibilina, restringían el conocimiento y la divulgación de la literatura de la región Caribe. Y no porque esos autores no tenidos en cuenta por la pluma del Nobel hubieran escrito una obra de limitadas dimensiones, que no fue así, sino porque, dada la importancia de sus cuentos y novelas, de cuya trascendencia dio cuenta, en el caso de Espinosa, el galardón que le concedió la Unesco a La tejedora de coronas, un reconocimiento sincero y oportuno por parte de García Márquez hacia ellos habría servido como un eco estético de nuestras realidades más profundas y de las influencias culturales múltiples que fueron arribando y diseminándose, a partir de nuestras costas, por el resto del país. Caso distinto ocurrió con Mario Vargas Llosa, quien, de manera espontánea y desinteresada, a través de su muy leída columna quincenal en El País, de Madrid, hizo unos elogios merecidos, de una largueza enternecedora, en pro de unos libros escritos por Héctor Abad-Faciolince, Juan Gabriel Vásquez y Carlos Granés. No es posible demeritar en absoluto la trascendencia que para las letras colombianas tienen los novelistas y el ensayista arriba mencionados, pero no hay duda de que las palabras laudatorias del autor de La fiesta del chivo, el momento en que las profirió y la agudeza de su juicio en sus respectivos análisis, contribuyeron a expandir el radio de acción y la aceptación, casi unánime, de que hoy gozan Abad, Vásquez y Granés. Algo similar debió de ocurrir, guardadas proporciones, cuando Vargas Llosa escribió Historia de un deicidio, su tesis doctoral sobre Cien años de soledad. Se dirá que Cien años de soledad no necesitaba elogios previos de nadie, y es cierto. Pero la admiración, dentro de la vida intelectual, como un testimonio desprendido, es un valor superior que honra a quien lo divulga. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.