
Fanatismo oligofrénico

El autor critica la hipocresía en el discurso político, desde el "miserabilismo" hasta la defensa de regímenes teocráticos y el uso de la historia para fines ideológicos, sin importar la verdad.
Por Álvaro Bustos González* Usted puede dedicar su vida a hablar pestes de los imperialismos que en el mundo han sido, aunque algo bueno hayan dejado en todas partes; puede entender las guerras con el consabido eufemismo de que se trata de la prolongación de la política por otros medios, y eso le confiere cierto aire intelectual, y puede tener la avilantez de asumirse como la encarnación del "pueblo", entendido como un conglomerado amorfo de sufrimientos, anhelos, indiferencias y rencores, tantas veces manipulado con inaudita perversidad para su propio escarnio. Dicho de otra forma, usted puede dedicarse al miserabilismo sin ninguna vergüenza. Usted puede defender disimuladamente la existencia de una teocracia "revolucionaria" que subyuga a la mujer y la recluye en la ignominia, y puede guardar silencio ante grupos terroristas que persiguen la diversidad de pensamiento y rechazan la ideología de género, mientras el feminismo calla y los personeros de la pluralidad hacen mutis por el foro, porque, dentro de lo políticamente correcto, ellos deben respetar la libre determinación de los pueblos, como si bajo las dictaduras políticas, sociales o de minorías pudiera hablarse de libertad, dignidad y derechos humanos. No se preocupe por el fanatismo, que, finalmente, ese rasgo de la personalidad siempre ha existido, aunque nadie le endilgue, como debería ser, el origen de los peores males de la humanidad. Usted puede sufrir del síndrome de Jerusalén. Puede subir a la montaña y bajar convertido en un mesías que esparce por el mundo las virutas de sus delirios con un verbo inflamado y un mechón de pelo revuelto sobre su frente, que así mantendrá agitado y esperanzado a su "pueblo" con sus promesas de redención, herederas del antiguo maná que ahora nos caerá del cielo en forma de subsidios para alimentar nuestra desidia. No se preocupe si para hacer todo aquello usted deba modificar la realidad y retorcer la historia sin rubor, porque siempre tendrá un 30% de aprobación. Lo que usted no puede decir, por el amor de Dios, después de haber sido durante varios años canciller, vicepresidente y dictador, es que Jesús no nació donde nació, que su mensaje de amor fue un acto antiimperialista y que su crucifixión se debió al imperio español, porque en este caso usted no podría ser considerado como un enfermo alucinado ni como un profeta de la justicia social, sino como un imbécil. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.