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Opinión

Faltó verdad y decencia

Lucia Teresa Solano Berrío
Lucia Teresa Solano Berrío
Columnista
1 de junio de 2026

Las campañas políticas deberían ser un examen profundo del país que tenemos y el que proponen los candidatos y quieren los ciudadanos. Afinar entre identidades puntos en común para que los pasos futuros no sean erráticos ni las respuestas resquebrajen la convivencia pacífica. Esta última campaña, la presidencial, donde compitieron los elegidos por los partidos, los privilegiados de entre un mar de aspirantes, los osados que lucharon por un espacio en un escenario tan cerrado, los que creyeron aglutinar electores, fue inelegante y pugnaz.

Fue una batalla de odios, de maledicencia, de acusaciones sin pruebas, de oprobios. Un tiempo para alardear del lenguaje belicoso, ofensivo y ausente de consideración con otros participantes. Se perdió el respeto por el opositor y por el elector. La decencia parece no tener audiencia, pero hubo decentes. A mucha gente se le olvida que la democracia admite la exposición de todo el espectro de ideas: la derecha y sus matices, la izquierda y sus matices y el centro y sus matices, unas cargadas de conservadurismo, liberalismo o socialismo. Pero esta vez el radicalismo nos devolvió al pasado. Calma. Los colombianos, en doscientos años, han sido adoctrinados con las tesis de derecha y ultraderecha e inducidos al miedo, al terror y al repudio de las ideas de izquierda o a la socialdemocracia. Doscientos años de judicialización de las ideas que cuestionan el establecimiento. La historia de la nación es de buenos, los del progreso, el empleo y los subsidios, que no se compadecen plenamente con la doctrina social de la Iglesia Católica que mira con compasión a los que reciben las migajas del Estado. Y los malos, quienes propenden por un Estado más fuerte que garantice reducir la desigualdad, proteger a la clase trabajadora, asegurar servicios públicos de calidad y redistribuir la riqueza. Cada lado tiene mezquindades y bondades. Pasa con todo. Tenemos que oírnos. Estamos cansados de la guerra, hastiados del grito ensordecedor de mayordomos, esos arreadores de pueblo que no convocan de corazón a millones de personas que siguen por fuera de los programas, de los proyectos y del bienestar que debe brindarles el Estado. Tenemos que respetarnos porque el respeto es un valor esencial de la sociedad que permite comprendernos y aceptarnos y porque, además, es la base para vivir en armonía. El no compartir ideas no llama a irrespetarnos. Tenemos que concientizarnos de que son más los pobres que los ricos, el país es extenso y fértil para que cada quien ocupe su lugar con dignidad, con derechos y con la esperanza de ser vistos como iguales ante la autoridad y la ley, y donde no haya unos que sean carne de cañón de la viveza, la ilegalidad, la corrupción, la segregación y desprecio. Ese tiempo ya pasó. Tenemos que entender que las mujeres claman por igualdad y protección porque la violencia las acosa. Y como hoy también Dios hace parte de la discusión, tenemos que recordar que Él no tiene hijos legítimos e ilegítimos. Por encima de las pasiones políticas, hay que seguir trabajando por la igualdad.