
Falso dilema

El espectro político se reduce a derechas e izquierdas, un anacronismo que define la forma de vida: democracia o dictadura. Colombia arriesga sus logros democráticos por la corrupción.
Por Álvaro Bustos González De unos años para acá, diluidas las fronteras ideológicas entre los partidos tradicionales debido a las repartijas burocráticas y a las corruptelas compartidas que determinaron su irremisible decadencia, lo que propició la llegada al poder del Pacto Histórico, se optó por dividir el espectro político entre derechas e izquierdas, un anacronismo que nació con la Revolución francesa y que no tiene, en sí, ningún significado de superioridad o inferioridad moral, y mucho menos de eficacia o probidad en el ejercicio del mando. En este campo, como en casi todo en la vida, todo depende de las circunstancias y del sentido (ecuánime o práctico) de los gobernantes frente a los problemas y sus soluciones. Lo demás es habladuría, demagogia y populismo. Aquí el meollo del problema radica en la forma de vida política en la que queremos coexistir, si en democracia o en dictadura. Así de sencillo. Y no se diga que a la democracia se le pueden endilgar diversas acepciones, porque ella sólo se entiende bajo reglas claras, con división de poderes, elecciones no manipuladas, prensa libre y alternancia en el poder. De las dictaduras no hay nada que decir: todas, las de un lado y las del otro, son iguales. Fascismo, nazismo y comunismo tienen el mismo origen embriológico, provienen de la misma matriz. La democracia, con el valor de la libertad, es el único sistema que dignifica la existencia humana. Nadie, bajo las marramucias de una dictadura, puede hablar de llevar una vida decorosa. La manipulación permanente de la verdad, o de lo evidente, y la perpetuación de una camarilla en el gobierno son indignas de la humanidad del siglo XXI. Largas y oscuras infamias hacen que todavía pervivan, quién sabe hasta cuándo, horrendas formas de sojuzgamiento. Nada justifica que un individuo se arrogue el poder omnímodo y lo ejerza sin límites, en medio de abusos y crímenes aborrecibles. Hoy Colombia está transitando por un camino arriscado, cruzado por vientos tormentosos, mefíticos, que la pueden llevar a la pérdida de sus imperfectos logros democráticos. Nos falta mucho para civilizarnos alrededor de unas instituciones venerables, pero el problema es más, ¡oh paradoja!, humano que jurídico: la corrupción a todos los niveles nos tiene agobiados, a punto de saltar al vacío, un vacío que más se parece a un abismo lleno de cadenas y oprobios, del cual ya no podremos salir sino al costo de más dolores e infamias. Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.