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Opinión

Expectativa alrededor del cónclave

Miguel Mercado Vergara
Miguel Mercado Vergara
Columnista
25 de abril de 2025

Tras la muerte del Papa Francisco, el mundo espera el cónclave para elegir a su sucesor. El pontífice latinoamericano impulsó una fe progresista, pero su legado enfrenta desafíos.

Por Miguel Mercado Vergara Luego del estremecimiento universal que produjo el fallecimiento del Papa Francisco viene ahora la expectativa, también de dimensión ecuménica, por las sesiones del cónclave cuya misión primordial es la de elegir el sucesor del pontífice que lideró una de las misiones más trascendentales e influyentes en la cristiandad moderna. Es opinión generalizada que el Papa latinoamericano desarrolló su misión sacerdotal ceñido al más puro pensamiento progresista encaminado a rescatar la fe religiosa al servicio de quienes en verdad necesitan de apoyo para superar las adversidades. Su papado se salió de los moldes tradicionalistas y trascendió a terrenos humanizantes. Las crónicas que dimensionan su parábola vital refieren que Jorge Bergoglio, su nombre bautismal, abogaba porque la misión pastoral saltara de los círculos palaciegos y recorriera los caminos y lugares circundantes donde pululan esas realidades existenciales donde se profundizan los abismos que aumentan la tragedia social de los diversos pueblos del mundo. No se sabe si esa línea del Papa Francisco seguirá marcando los pasos de la iglesia cristiana hacia el futuro en un mundo cada día más polarizado que navega en un ambiente de fuertes tensiones. Ya comienzan a sonar diversos nombres para sucederlo entre quienes hay muchos de líneas menos progresistas con posibilidades de conquistar el trono de San Pedro. La huella del Papa Jorge Bergoglio o el Papa Francisco, que fue su nombre pontifical, quedó signada en Colombia cuando llegó a nuestro suelo en el 2017 trayéndonos mensajes de apoyo a la paz y reconciliación en un momento en que se firmaban los acuerdos entre el gobierno de Juan Manuel Santos con las Farc. Su empeño trascendió también en favor de la reconciliación de los odios políticos entre el expresidente Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos, a quienes sentó a su lado allá en los salones del vaticano poniéndolos a que se estrecharan las manos en pro de la superación de las tensiones y mezquindades de los dos dirigentes y en beneficio de la salud de la política colombiana, gesto que fue en vano porque el país se quedó esperando que aquella intermediación papal surtiera efectos positivos pero no fue así. El distanciamiento fue imposible de superar y hoy, quienes gobernaron a Colombia, siguen igual o peor de rabiosos uno contra el otro. Esa frustración el Papa se la llevó al sepulcro.