
Ética: el ingrediente que no aparece en el menú del poder

En la cocina, como en la vida, hay recetas que no fallan: trabajo en equipo, correctos tiempos de cocción, y buenos ingredientes. Pero hay uno que, aunque básico, brilla por su ausencia en muchos espacios de poder: la ética, sí, esa que suena "simple y obvia".
En un país donde la astucia suele celebrarse más que la integridad, hablar de ética puede parecer un ejercicio ingenuo. Pero es precisamente en medio del descrédito institucional, la desigualdad normalizada y la precarización de la vida donde más urgente se vuelve esta conversación. La ética no puede seguir siendo una idea abstracta, confinada a manuales olvidados como el de Carreño. Debe encarnarse en lo concreto, en las decisiones cotidianas que configuran el tipo de sociedad que habitamos —y que permitimos. La ética no se pone a prueba en los discursos públicos, sino en las zonas grises donde casi nadie está mirando. Está en no aceptar "comisiones" disfrazadas de favores. En no plagiar ideas y presentarlas como propias. En rechazar contratos diseñados a la medida de los amigos del poder. En cerrar filas frente al acoso, aunque implique perder alianzas. La falta de ética hoy no es solo una omisión: es una estrategia de ascenso en demasiados círculos profesionales. El verdadero drama ético de nuestras sociedades no está solo en los grandes escándalos de corrupción. Está en la erosión progresiva de los valores colectivos, en la normalización de la trampa como estrategia de vida, en la creciente indiferencia frente a lo injusto. En Colombia, parecer honesto suele levantar sospechas, y quien insiste en actuar con principios termina aislado o burlado. No hemos fracasado solo políticamente: también cultural y moralmente. Un estudio de Transparencia por Colombia revela que más del 70% de la ciudadanía percibe que los funcionarios públicos no actúan con ética. Pero como escribió la filósofa Adela Cortina: "La ética no es un lujo, es la base de la convivencia". Actuar con ética no implica perfección, ni superioridad moral. Implica conciencia. Saber que nuestras acciones tienen consecuencias. Que lo que decidimos —aunque no lo vean las cámaras, aunque no lo midan los indicadores— deja huella. Que hacer lo correcto, aun cuando no sea lo más rentable o lo más rápido, construye relaciones más dignas, instituciones más confiables y comunidades más humanas. Recuperar la ética como ingrediente principal no es una nostalgia moralista. Es una apuesta política. Sin ética, ninguna transformación es sostenible. Y sin prácticas éticas cotidianas, ningún discurso de cambio tiene legitimidad. Hoy, más que nunca, necesitamos volver a cocinar con principios. Sacar la ética del cajón de los olvidos y volverla ingrediente principal. Porque si seguimos sirviendo sin principios, no nos sorprenda que la sociedad viva con indigestión moral.